Nueva York.- “Bloomberg es un desastre”, me dijo el otro día Teresa, la guatemalteca que limpia en mi apartamento. “Por su culpa mi hijo mayor va a quedar sin trabajo”. Jaime, el hijo de Teresa, hace trabajos de reciclaje en la ciudad de Nueva York y ella está desesperada porque la familia cuenta con el sueldo de Jaime para poder vivir.
Como Jaime, muchísimos residentes de la ciudad de Nueva York se quedarán sin trabajo. Los recortes se proyectan a todo el aparato gubernamental: policías, trabajadores del sistema de parques, de transporte, y otros.
Y es que “Mayor Bloomberg”, el nuevo alcalde, ha heredado la ciudad en uno de los peores momentos de su historia. Por un lado, el ataque del 11 de septiembre ha dejado a la ciudad con un déficit fiscal de billones de dólares, lo que nos afecta a todos directamente en trabajo, seguridad o calidad de vida; y por otro lado, el trauma de inseguridad de saber que vivimos no sólo en una ciudad vulnerable, sino que es el blanco ideal para cualquier nuevo ataque terrorista.
Muchas personas se mudaron de la ciudad. Esteban, un amigo nuestro español, casado con una austríaca, decidió mudarse de la ciudad apenas ella dio a luz, pues según ellos, con un niño ya no podían correr riesgos. Ahora él tiene que tomar todos los días un tren de dos horas para llegar a su trabajo.
Pero hay otras personas como Estela, una abogada de Puerto Rico que trabaja con mi esposo, quien a pesar de haber vivido escenas dantescas el 11 de septiembre, pues las oficinas de Deutsche Bank, el banco para el que ambos trabajan quedaba en el Edificio No.4 de World Trade Center, decidió quedarse en la ciudad y acogerse al “Plan de Psicología”, por el cual la persona recibe tratamiento gratuito si fue afectada por los sucesos.
Lo que es un hecho es que vivimos con una angustia perenne, que si bien no nos paraliza a todos, nos hace sentir fríos, repentinos de miedo cuando tomamos el subway, cuando vamos a Times Square, Grand Central Station, por alguno de los túneles o puentes, o simplemente ver cómo funcionarios del correo introducen las cartas en las casillas de nuestro edificio con guantes plásticos y mascarillas. Una vecina nuestra, meses después de los casos de las cartas con ántrax, todavía tiene un letrero en su casilla de correo que dice “Absolutely no mail” negándose a recibir su propio correo.
Flavio, un amigo brasileño que se moviliza en bicicleta y que vive cerca de Ground Zero, se reía cuando me confesó que siempre acelera su pedaleo cuando tiene que pasar cerca de “City Hall” o del edificio de la Bolsa, pues siente que en cualquier momento esos edificios pueden ser blanco de ataques terroristas.
Muchos edificios han sido fortificados, lo que hace aumentar el temor. Como el edificio de Citibank que está en Lexington y la calle 53. Todas las columnas que están sobre la calle han sido cubiertas con láminas de metal y playwood. Y hay otros, como el edificio del Consulado de Brasil, en que uno no sólo tiene que presentar una identificación, sino que para poder ir a un piso superior lo tienes que hacer de cinco en cinco y acompañados por un guardia de seguridad. O cada vez que hay un juego de los Yankees o de los Mets, a pesar de una seguridad extrema, los amigos que han ido, inclusive turistas panameños, están pendientes del más mínimo movimiento por si tienen que desalojar repentinamente.
Y es que el miedo no es fortuito, día a día el gobierno nos recuerda que estamos en estado de alerta extrema. Una de las más notorias es viajar, no sólo porque las aerolíneas se han vuelto mucho más estrictas por las pérdidas millonarias que sufren, sino porque las medidas de seguridad son incomodísimas. Al viajar, supuestamente la computadora debe elegir aleatoriamente para ser revisado y a mí la computadora siempre me elige. En distintos puntos entre el puesto de la aerolínea y la puerta de embarque me hacen quitarme los zapatos, revisan mi equipaje, me pasan las paletas detectoras de metales y me preguntan si me pueden tocar la espalda. La última es que ya en la puerta del avión te hacen preguntas como el propósito del viaje, las cantidades de dinero que llevas, dónde es el lugar de residencia permanente.
Sin embargo, a pesar de que la historia de Nueva York se puede contar como un “antes y después del 11 de septiembre”, es una ciudad que sólo se detuvo un par de días para seguir, con la misma fuerza de siempre, aunque tuviera una herida sangrante.
Los residentes de Nueva York seguimos trabajando, comprando, yendo a los teatros, restaurantes, museos, bares, fiestas y continuamos viviendo en la ciudad que nunca duerme.
El regalo que le ha dado la historia a Bush fue la oportunidad de despojarse de la imagen que tenía de presidente mal preparado, elegido por un escaso margen de votos, a la de un líder de tiempos de guerra con popularidad que rompió récords. Su impregnabilidad política duró semanas.
Durante esos momentos en que la ciudadanía se hizo una con su presidente, no notó que la política nacional se estaba estancando: los planes para privatizar parte del sistema de seguridad social, mejorar el expendio de fármacos a los jubilados, reformar las leyes electorales e incrementar la participación de la religión en los servicios que el gobierno proporciona.
Y lo más chocante ha sido el enorme crecimiento del déficit, luego del superávit legado por Clinton.
Los años de ‘gobierno grande han terminado’ ha concluido’’, dijo Paul Begala, un estratega demócrata cuyo ex jefe, Clinton, acuñó la frase.
Algunos analistas dicen que Bush está realizando la más abarcadora expansión de los poderes presidenciales desde el Nuevo Trato (New Deal) de Roosevelt.