Uno a uno los iban llamando para mostrar las mordeduras que los murciélagos les habían provocado hace una semana en la comunidad de Calle Larga, distrito de La Chorrera. Para mayor sorpresa, nos encontramos a un señor que sin pareja, había criado a sus cinco hijos. ¿Usted vive solo con ellos?, "Sí, su mamá los abandonó hace tres años", respondió el padre de 40 años y la historia cambió.
El Panamá América se había dirigido al área para conocer de cerca el estado de salud de los residentes que habían sido atacados por vampiros, pero inesperadamente el relato tomó un nuevo giro. Ya lo ocurrido con los murciélagos no sería el único objetivo.
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Este hombre se enfrenta a la dura tarea de criar solo a sus cinco hijos: Jorge Luis (14); María del Carmen (12); Jesús Alberto (9); María Inés (8); Jorge Alfredo (6) y Jorge Antony de (4), quien padece de diabetes. Esta situación no ha sido fácil para Jorge, quien tiene que ayudar a sus hijos en la escuela y tenerles la comida al día "aunque me salvo porque mi hijo más grande ya sabe cocinar y también la mujercita mayor, que me ayuda a lavar la ropa".
Las horas de este obrero de la construcción transcurren entre la inquietud de querer llegar pronto a casa para ver a sus hijos. "Hace un par de meses estuvo malito Jorge Antony y apenas salía del trabajo me dirigía al Hospital del Niño a verlo. Iba a la casa a ver a los otros y en la madrugada antes de ir al trabajo volvía a ver cómo amanecía", relató el padre.
"Esto es difícil, pero me propuse una meta ante Dios y tengo que cumplirla. Llevarlos adelante hasta que ellos se defiendan", comenta Jorge sentado en su silla, nervioso, de manos cruzadas y sudorosas y con su voz apesadumbrada. A pesar de su dolor, no admitió a darnos su nombre.
"Ella recién se fue, venía a verlos de vez en cuando, pero parece que tenía problemas con su nuevo cónyuge, aunque ellos no la extrañan porque yo les doy todo el cariño que ellos necesitan", comenta Jorge, refiriéndose a la madre de los niños.
Los afanados días de Jorge y sus cinco hijos transcurren en una casita de zinc, que su difunta suegra le permitió construir en su terreno. A pesar de la ausencia de la madre, todo está en orden, los pocos trastos fregaditos, el piso cubierto por un pedazo de linóleo, pero impecablemente limpio, como los niños. Para este padre, su mayor prioridad es Jorge Antony, quien por su enfermedad, tiene que inyectarse dos veces al día. Su vida depende de la insulina y él lo sabe.
En medio de la entrevista interrumpe Jorgito: "Papá dame la inyección que ya es hora de puyarme" y su padre inmediatamente se dirige a la nevera para sacar la insulina. Ahí están ya, las del otro mes. En la ausencia de su padre, Jorge Luis, su hijo mayor, es el hombre de la casa. A sus 14 años proyecta una madurez que muchos adultos debieran tener.
"Yo me siento bien, cuando mí papá no está a veces, hago el arroz, saco la ropita sucia de mis hermanos y friego", señala. Este año no pudo ir a la escuela, pero el otro lo va a hacer porque quiere ser constructor igual que su padre. Con una mezcla de rencor y un dolor que le viene del alma, al hablar de su mamá, dice. "Yo no la extraño, porque ella nos abandonó. Con mí papá sí me siento bien porque nos quiere mucho".
Jorge Luis, interviene entonces y agrega "ella era grosera con nosotros, le pegaba a los otros más chicos, al que es diabético no lo inyectaba y andaba siempre todo malito por ahí, por eso yo no la extraño". ¿Quisieras que algún día volviera? "Sí quiero que vuelva cualquier día de estos, porque es nuestra mamá", aclaró, pero esta vez sus ojos se iluminaron con mucha ternura, tragó en seco y clavó sus ojos en el piso. No hubo más palabras.