Cuatro palacios de Sadam Hussein, ocupados por las fuerzas norteamericano-británicas, revelan al mundo exterior un lujo que contrasta con la realidad de miseria cotidiana que viven los habitantes de Irak. Periodistas y soldados, cubiertos de polvo y sin asearse después de varias semanas en los campos de batalla, no ocultaron su sorpresa al penetrar en estas lujosas propiedades.
Tras las pesadas puertas de estos palacios pudieron ver majestuosas escaleras, pisos de mármol, vastas habitaciones con fina carpintería y arañas de cristal, salas de reuniones que se comunican con inmensos salones de baile, o ventanales con vista al río Tigris, además de los inevitables retratos de Hussein.
Pocos muebles decoran estos espacios, lo que acrecienta la ilusión de grandiosidad, y la ornamentación barroca da la impresión de un mundo donde priman como valores la elegancia y la aristocracia, valores que el Irak profundo no conoce desde hace mucho tiempo. El Departamento de Defensa norteamericano indicó que su 3era. División de Infantería había entrado en dos palacios del presidente iraquí en Bagdad.
El teniente coronel norteamericano Peter Bayer declaró por su parte que un tercer palacio, situado cerca del aeropuerto de Bagdad, había sido "tomado". En la capital iraquí hay al parecer más de 30 palacios, muchos de los cuales eran utilizados como residencia de Hussein y su familia.
Los responsables norteamericanos y británicos sospechaban desde hace tiempo que estos palacios eran empleados para esconder armas de destrucción masiva, pero ningún arma de esta clase fue encontrada al cabo de las primeras búsquedas. El lujo de estos palacios contrasta con la miseria que viven más de 26 millones de iraquíes. El primer ministro australiano, John Howard, propuso ayer que los palacios sean preservados con el objeto de "no olvidar" la tiranía de líder iraquí.