Sin compasión no hay humanidad


Cuando se pierde la compasión, virtud necesaria para la plena convivencia humana, las víctimas son simples objetos, bultos, pedazos de carne a los que se les quita su valor de personas, seres que no merecen estar vivos, desechos a los que hay que eliminar. Son simples números que aparecen en los partes de guerra, personas eliminadas en los bombardeos o en los ataques de la infantería, gente sin nombre, sin rostro, y que para el enemigo son trofeos del combate, el botín de cifras que prueban la contundencia, la eficacia del uso de lar estrategias y de las armas. Me imagino cuando el comandante del batallón de soldados que cumplió la misión de matar a los niños menores de dos años en Belén dio su informe a Herodes, relató el número de criaturas asesinadas con mucho orgullo, como si se hubiera tratado de cazar patos o venados. Describiría como fueron por los barrios de Belén entrando en las casas y arrebatando a los niños de los brazos de sus madres y descuartizándolos con sus espadas y puñales. Todo dicho de la manera más fría, convirtiéndose el jefe y toda la tropa, junto con Herodes, en animales con rostro e inteligencia humana, pero en el grado más ínfimo del ser persona, quizá mucho más bajo el nivel que el más salvaje de los animales, porque ellos solo matan por hambre o por defenderse a sí mismos y sus territorios.

Cuando uno vive en el amor, en Dios, en su infinito misterio trinitario, una de las consecuencias inmediatas es sentir la compasión, que es padecer con, sufrir el dolor, la tragedia del otro, y preguntarse que si yo fuera él que me gustaría que me hicieran. Implica valorar a la otra persona, verla igual a mí, respetarla como mi "otro yo", es sentirse solidaria, identificada con él. Y hacer todo por él, como el Buen Samaritano. Y ahí si somos plenamente humanos.

 

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1241766
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América