¿Justicia social o asfixia financiera? El debate tras el veto
- Licdo. Juan Carlos A. Mas S.
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El reciente veto total aplicado por el presidente de la República, José Raúl Mulino, al Proyecto de Ley N.° 226 —que buscaba reformar los beneficios y descuentos para jubilados, pensionados y personas de la tercera edad (Ley 6 de 1987)—, ha devuelto al centro del debate nacional una de las discusiones más complejas de nuestra realidad: ¿cómo equilibrar el derecho inalienable a una vejez digna con la sostenibilidad macroeconómica y las objeciones del sector privado?
Frente a una estructura inflacionaria que golpea con rudeza los bolsillos de los adultos mayores, especialmente en rubros tan vitales como medicamentos, servicios de salud y suministros básicos, la necesidad de optimizar los mecanismos de apoyo sigue latente. Sin embargo, el Ejecutivo optó por devolver la iniciativa a la Asamblea Nacional al advertir razones de inconveniencia e inexequibilidad, abriendo un compás de espera y obligando a buscar un texto de consenso que sea jurídicamente viable y económicamente sostenible.
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Ninguna sociedad que aspire al desarrollo equitativo puede permanecer indiferente ante el deterioro del poder adquisitivo de quienes construyeron los cimientos del país. No obstante, las advertencias de la empresa privada sobre el impacto financiero en los comercios —en particular en las micro y pequeñas empresas— y la necesidad de evitar distorsiones estructurales pesaron en la balanza.
Si bien el proyecto contemplaba nuevas normativas en la materia, la tensión económica evidencia que cualquier reingeniería de beneficios requiere de un riguroso estudio técnico para no fracturar la cadena productiva. A este escenario se suma la urgencia de atender de forma integral iniciativas paralelas, como el debate sobre la elevación de las pensiones mínimas mediante fondos especiales, exponiendo la necesidad de fuentes de financiamiento equilibradas que no desprotejan a los sectores más vulnerables de la población.
El gran desafío actual radica en construir una normativa sólida que evite vacíos legales, recordando que los derechos de la tercera edad no son concesiones graciosas, sino deudas históricas que el Estado tiene la obligación moral de saldar con equidad y realismo financiero.
El ciclo de mesas de trabajo y diálogo coordinadas entre el Gobierno, la Asamblea, los gremios de jubilados y el sector privado demuestra que el Órgano Ejecutivo enfrenta el reto de tejer consensos verdaderos.

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