La cicatriz sobre un tatuaje que se intentó borrar a la fuerza, a punta de un sartén caliente, demuestra la urgencia que tiene Leonardo, de 25 años de edad, de eliminar cualquier rastro de que fue integrante de una banda criminal y que ahora le impide ingresar a las filas del Senan.
Leonardo, con el torso descubierto, pasa las tardes en la cancha de fútbol de “La Pava”, en Cerro Cocobolo, San Miguelito. “Quiero ser parte de la Aeronaval, quiero una mejor vida para mis hijos y mi mamá”, narró.

El joven no encuentra un trabajo estable, solo los llamados “camaroncitos” en el sector de la construcción para sobrevivir. “A veces a nosotros nos discriminan, por tatuajes, por estar cortados, por el sector por donde vive y nos tildan de maleantes, aunque ya no estemos en esa vida”, prosiguió.
En la misma cancha improvisada de Cerro Cocobolo, encontramos a Jair, quien confiesa que vive a diario la misma experiencia; con la mirada esquiva contó que anda “rondando calle” desde los 10 años.
Para sacarlo de la calle, su madre lo envió a un internado, tras caer por un robo. Aprendió el oficio de la soldadura, en el cual ha trabajado, pero asegura que no puede estar en cualquier lado porque tiene que cuidarse.
Lo más que ha durado en un trabajo son de 6 a 9 meses. Jair, quien es el sustento de su mamá, de su hijo y un primo, relata que la gente lo juzga al verle los tatuajes. muchas veces le han pedido récord policivo, lo que le impide aspirar a una plaza de trabajo.
Para Héctor Rodríguez, quien se resocializó y asiste a una iglesia, el presidente Juan Carlos Varela tiene buena iniciativa y empezó bien, al entregar las armas menguó la violencia. “Pero, el tomar solo unos cuantos para empezar el programa fue un error. Empezaron con unos, mientras otros esperan impacientes y por eso en San Miguelito se han disparado los homicidios”, aseguró.
“Han pasado dos meses y nada, los jóvenes piensan que es mentira y vuelven a lo mismo”, destacó.