Cuando limpiamos en la cocina tenemos la tendencia a limitarnos a quitar la suciedad. Es decir, apenas vamos más allá de la mera eliminación de los residuos que se ven a simple vista. No obstante, bajo ese manto de residuos en forma de manchas o polvo se pueden esconder miles de colonias bacterianas de origen y composición diversa, que pueden saltar a los alimentos que manipulamos.
Todo depende, básicamente, de su fuente de procedencia, en este caso del "biofilm" o grupo de bacterias.
El biofilm es un grupo de bacterias que producen unas excrecencias, a modo de microfilamentos, con una elevada capacidad adherente. Estas excrecencias permiten que los microorganismos se agrupen en zonas muy limitadas y a la vez propicias para su supervivencia.
La fuerte unión que ejercen sobre un soporte sólido les proporciona estabilidad, nutrientes y espacio. Los biofilms, como han evidenciado estudios recientes, incorporan grandes concentraciones de polisacáridos o glicoproteínas. Este aspecto, tal vez por su novedad, no es todavía tomado en cuenta por los fabricantes de limpiadores y desinfectantes en el diseño de sus productos, que deberían incorporar sustancias que pudieran disolver las moléculas.
Para que comience a formarse un biofilm, la suciedad y los microorganismos han de tener un contacto físico. Posteriormente ha de transcurrir un tiempo suficiente para que las bacterias se multipliquen y formen un aglomerado microscópico. Por tanto, limpiando a menudo y de forma adecuada, no se da tiempo a las bacterias para que se multipliquen.
Al lavar y escurrir la vajilla, tome en cuenta secar bien para evitar que salga moho.
Limpie por fuera los gabinetes con detergente y agua caliente o algún quitagrasa.
Lave el fregadero y la grifería con esponja rugosa y agua caliente con detergente.
Bote el residuo de comida que queda en el colador de la tina.