La adolescente relató que nunca pudo soñar con una fiesta de quinceaños o las actividades propias de la juventud, por las condiciones de pobreza que le ha tocado enfrentar.
"Yo vivo en un lugar conocido como El Faro, cerca de la playa, y desde allí, tiro el trasmallo o me dedico a sacar conchas, porque de eso vivimos", manifestó.
La joven, visiblemente conmovida, señaló que tuvo que dejar la escuela cuando estaba en cuarto grado, por la falta de comprensión de los educadores ante la distancia y la realidad que vivía.
Y es que éstos no son los relatos de un libro del pasado o las escenas de una película lejana, sino parte de las tristes historias de los niños que se encuentran en el Programa de Educación Primaria Acelerada, que desarrolla Casa Esperanza con otras entidades locales, en la comunidad de San Agustín.
Desde hace algunos meses, unos 17 niños de este sector fueron detectados por este programa que ahora les ofrece la oportunidad de nivelar sus estudios y continuar en el sistema regular.
Aunque muchos de los niños no pueden dejar de trabajar, han acogido positivamente este proyecto lleno de esperanza.
Niños que laboran como pepenadores de basura, buhoneros, en la pesca o en las fincas ganaderas, han recibido sus útiles escolares y son atendidos por una educadora en la propia comunidad, para facilitarles que puedan continuar estudiando.
Los pequeños, en medio de sus ocupaciones, han abierto un espacio para aprender, porque aún sienten ilusión por los estudios.
"Yo me subo en un bote y doy la vuelta por el mar para llegar a la escuelita, después que termino la pesca", comentó una de las participantes que anhela llegar a ser una profesional.