San Luis, capital del estado brasileño de Maranhao, delimita el final de la selva amazónica para dejar aparecer el nordeste y las dunas infinitas del Parque de Lençois, con sus miles de pequeñas lagunas turquesas al lado del mar.
Fundada por franceses sobre una península en 1612, San Luis es conocida por muchos como “La ciudad de los espíritus”.

La ciudad se dibuja multicolor frente al Atlántico, impregnada de esa aura de finales de siglo XVIII, cuando en pleno auge de la exportación de algodón hacia Inglaterra, era una de las tres ciudades más pobladas y más movidas de Brasil. Entre calles empinadas, escalinatas que llevan todas al centro histórico, los caserones coloniales todavía se contemplan erguidos. Sobre la Plaza Reviver, las bailarinas ajustan sus largas faldas criollas frente a los músicos, antes de entrar en el círculo de los tambores y encantar con sus pies descalzos y sus pasos de hadas. En el punto más alto de la calle que lleva a la famosa iglesia de Sao Pantaleao, el Centro Cultural Mestre Patinho forma parte del conjunto arquitectónico colonial del siglo XVIII, revestido de esos mosaicos portugueses que además de ornamentar, ayudaban a aislar el calor. Ahí dentro, un hombre de cabellos largos, con fluidez de mago, se desplaza, lanzando patadas circulares, como en medio de un ballet invisible. Antonio José da Conceiçao Ramos, más conocido como mestre Patinho, es uno de los personajes más emblemáticos de Sao Luis. Su historia se confunde con la historia de la Capoeira, siendo el más antiguo practicante de Capoeira Angola de la región.
La Capoeira, hoy considerada como patrimonio cultural inmaterial del pueblo brasileño, nació en los quilombos de esclavos africanos, disfrazado de danza y acompañado de música para no levantar sospechas. Fue perseguida por el Estado hasta 1930, considerada como un crimen en la Constitución. De entre las tres vertientes, aunque la Regional es la más conocida, la Angola es la más antigua y la más genuina. Sus movimientos más lentos se realizan sobre todo a ras del suelo y requieren de más fuerza.

El jogo comienza con una melodía de sonidos africanos y de gritos cónsonos, acompañados de instrumentos como el berimbau, el tambor, las panderetas, el timbal y otros instrumentos difíciles de identificar, constituidos de granos y semillas endémicas del Amazonia. Los capoeristas respetan una distancia, que van reduciendo como jugadores de ajedrez. La roda comienza con un rabo de arraia, una rasteira, una media lua de frente, una tesoura. Los movimientos de la Capoeira, muy figurados, fueron inspirados de la observación del comportamiento animal: el contorsionismo de las víboras, la patada del caballo, saltos de mono, cabezazo de búfalo. La Capoeira, metáfora de un camino inmaterial a seguir, vuelve tangible el conocimiento de uno mismo a través del otro. Es un diálogo de cuerpos, se vence cuando el adversario no tiene más respuestas a las preguntas.
Mestre Patinho continúa la tradición de sus maestros y transforma la Capoeira en un rutina corporal para despertar el cuerpo, similar a la que utilizan los yoguis de la India. Su academia, abierta a todos, ha contribuido a estructurar a muchos jóvenes en este arte brasileño.







