El maestro de los musicales en Panamá, Bruce Quinn, ha trazado historia en el ambiente teatral nacional. Especialmente en esta década cuando un sinnúmero de espectáculos, que sólo pueden admirarse en Broadway y en grandes ciudades fuera de nuestras fronteras, hoy es común denominador en los escenarios panameños.
La magia, el encanto y el colorido de estos eventos se hacen patente en el medio artístico nacional, gracias a la titánica labor que ha emprendido desde hace años este consagrado director, quien ha encontrado el respaldo de productores que creen en su indiscutible talento.
Prueba de lo que decimos es el montaje del clásico "El Rey y Yo" que se presenta hasta el 16 de octubre en el Teatro Nacional, con los auspicios del Instituto Nacional de Cultura y con la reconocida Nikki Ortega de Roy como co-productora.
En esta ocasión Bruce Quinn nos ofrece un trabajo limpio, gratificante al alma y finamente hermoso. Creo que el resultado de ello, se debe en parte a que el montaje está trabajo moderadamente y no con el estilo rococo que en otras ocasiones nos ha brindado (que se denota especialmente en la escenografía, vestuarios y bailes).
Algo similar aconteció en abril pasado con la obra "Amor sin Barreras", que también ofrecieron el dueto Quinn y Roy en la sala del Teatro en Círculo, y que al igual que el actual musical dejaba más en libertad al actor, sin necesidad de apoyarse tanto en elementos decorativos.
Eso fue lo que precisamente pudimos percatarnos con la obra musical "El Rey y Yo", en donde hay casi una desprovisión de esos adornos escénicos y se da prioridad al desenvolvimiento actoral.
No es que Quinn haya abandonado en su totalidad esos elementos de que hablamos, porque para él y sus colaboradores es prioritario presentar esos detalles atractivo que le dan un toque especial a su producción. Más sin embargo, la inversión que se registró no supera los 100 mil dólares que muy bien pudo costar este montaje. Pero tal vez fue un punto favorable a la dirección, a nuestro parecer.
Aquellos que han seguido las obras de Bruce Quinn puedan que se sientan indecisos con esta nueva producción, algunos retraídos por lo lento de algunas escenas u otros atentos a los acontecimientos que se desarrollan en el escenario en las casi tres horas y medio de duración.
"El Rey y Yo" es una obra cuya genialidad radica en la ternura de la historia. Una maestra inglesa que llega a un reino, cuyo líder quiere modernizar su imperio pero lucha denodamente con las tradiciones. Es una lucha de clases, de diferencias de mundos, de machismo contra el feminismo, de rebeldía contra la obsesión, de enfrentamientos, de sabiduría con la ingenuidad, de libertad, pero sobre todo de amor.
Lissette Condassin interpreta con una frescura, espontaneidad y sutileza el papel de la maestra Anna Leonowens. Su encantadora personalidad es el ingrediente ideal para que lleve al personaje a una sublimidad, juege con él, le imprima bondad y conocimientos; al tiempo que luzca un variado registro actoral que se hace más efectivo con la calidez y suavidad de su voz en el canto.
La química perfecta es Luis Arteaga como el Rey de Siam, que pese a ser un talento indiscutible en la música, en esta ocasión se luce más como actor que como cantante. Imprime a su rol carácter, pero al mismo tiempo ternura; nos ofrece un rey testarudo, pero de gran corazón, aunque el personaje se niegue a reconocerlo.
Ambos se integran tan excelentemente bien en el escenario, que el público se identifica y ríe con la relación que entablan ambos personajes, quienes a pesar de sus diferencias son capaces de "dar sus brazos a torcer".
Aparte de haberse elegido a estos dos artistas para tan importante empresa, se seleccionó muy atinadamente los actores para los roles principales como es el caso de Delly Choy de Yinh, quien ejecuta formidablemente una Lady Thiang, que impacta por el delicado estilo y suavidad interpretativa. Del mismo modo, podemos resaltar el trabajo actoral de Victoria Regina (como Tuptim), una joven que crece cada vez más en las tablas; y la indiscutible presencia de José Carranza (Sir Edward Ransay) se hace sentir a penas ingresa a escena.
En esta línea descendente podemos también aplaudir la escenificación de Juan Carlos Adames (Lun Thá), quien diríamos se ha especializado en roles de chico enternecedor y romántico; Ricardo Amado Aponte (El Príncipe Chulalongkorn), quien a pesar de hacer su debut con esta obra, hace su gran aporte; el maestro Carlos Bromley (El Capitán Orton), que con su cortas intervenciones se nota inmediatamente su maestría actoral. Asimismo, reconocemos el aplomo de Carlos Williams (El Kraljóm) y la valentía del pequeño Morris Antebi (hijo de Anna) para estar entre los grandes; y un poco más abajo observamos la gran disposición de Omar Constantino (Phra Alak) quien ha acompañado a Quinn en casi todos sus obras musicales. A todas estas primeras figuras la acompañan otros once niños que hacen los infantes reales y más de 50 artistas que comprenden actores, cantantes y bailarines.
"El Rey y Yo" está compuesta por unas 34 escenas, pero hay algunas que destacan por la fineza y el alto nivel interpretativo como es el caso del monólogo de Anna en su dormitorio, el Ballet de la casita del Tío Tomás y cuando Anna le enseña al Rey a bailar.
El lucimiento de esta obra musical es posible principalmente por la magistral dirección del maestro Dino Nugent, quien junto a sus músicos, le imprimen la magia y el encanto tan necesario, que se complementa con la escenografía, los vestuarios, pero sobre todo con el máximo desempeño de todo el elenco.
"El Rey y Yo" es un musical cargado de moraleja y mucha sabiduría, que nos demuestra que nadie tiene la verdad absoluta, que podemos aprender del más poderoso hasta el más humilde.