Cuando los europeos llegaron al Nuevo Mundo hace más de quinientos años, hubo quienes compararon los paisajes vírgenes de la América como si se tratase del mismísimo "Paraíso". Pero la región que más impresionó a los foráneos fue el Brasil. Selvas hermosas, fauna fascinante, un continente cubierto por la gracia de la naturaleza desde los orígenes de la historia. Son tantas las riquezas otorgadas a esta parte del globo terráqueo, que obligan a los curiosos pensar que esta tierra llegará a ser una gran potencia en los siglos venideros.
El Brasil nació como país independiente un 7 de septiembre de 1822, por el Grito de Ypiranga, cuando el nacionalismo brasileño influye en la monarquía local, separándose de Portugal, la madre Patria. En el presente, este coloso ocupa casi la mitad del Continente Sudamericano. Abarca unos 8,511,965 kilómetros cuadrados, además de una larga línea costera frente al Océano Atlántico de más de 7,400 kilómetros. Las mejores playas tropicales del mundo se ubican allí. Es el quinto país en tamaño y lo habitan unos 160 millones de personas.
Indudablemente, las regiones paradisíacas del Brasil atraen a los turistas. En el Norte se encuentran la mayor selva tropical, la Amazonia; al Este se forjó la cultura brasileña por varios siglos y el Centro-Sur está la concentración de grandes ciudades como Sao Paulo, Brasilia, Porto Alegre y Rio de Janeiro.
En la zona tropical, Brasil tiene la bendición del Río Amazonas, la corriente fluvial más grande y extensa de la tierra. El explorador Orellana lo bautizó en 1542, de esta manera debido a su encuentro con indígenas guerreras que le recordaron la leyenda griega. La biomasa ubicada en aquella zona es la fuerza dominante y representa el mayor tesoro de los brasileños. La Cuenca del Amazonas abarca el 20% de todo el suministro mundial de agua dulce. Además, produce el 50% del oxígeno de nuestra atmósfera. Desde delfines hasta cualquiera de las dos mil variedades de aves son observables a lo largo del trayecto fluvial. Manaus, ciudad de contrastes y teatros famosos en medio del denso bosque tropical, es la última frontera humana con lo desconocido.
En el extremo oriental de Sudamérica, se encuentra la denominada Costa de Oro, en el Estado Federal de Bahía. Fue centro de la colonización europea desde el Siglo XVI. Una madera roja utilizada como colorante le dio nombre al país, ya que era llamada "Pau Brasil". El ciclo de la caña de azúcar, el folclore y su pueblo son símbolos autóctonos de la nación brasileña. Esta cultura es una verdadera amalgama de origen portugués, africano, holandés y francés, enriquecida por la fuerza y belleza del propio medio ambiente.
Las playas maravillosas y la arena dorada crean un panorama casi mágico, entre pequeños desiertos con dunas, a orillas del mar azul y los cielos despejados. El Carnaval, famoso en este país, tiene sus raíces en esta zona.
El Centro del Brasil posee increíbles sitios que demuestran la convivencia entre el mundo humano y las obras divinas. Brasilia, megalópolis construidas por el arquitecto Oscar Niemeyer a mediados del siglo XX, constituye un monumento al diseño surrealista y temerario. Zonas residenciales comprenden las supermanzanas; avenidas inmensas comunican con los centros de los Organos Legislativo y Ejecutivo. En el corazón de la urbe, se levantan la Plaza de los Tres Poderes, con el Congreso Nacional como cenit. El Palacio de la Alvorada y la Catedral Metropolitana constituyen un ejemplo de la armonía en medio del bullicio político de la ciudad. Al oeste, en el Mato Grosso, está el Pantanal, una de las mayores reservas biológicas todavía intactas del mundo. Es un hábitat protegido por la ley federal, lo que demuestra un equilibrio y respeto por lo natural y lo artificial.
Finalmente, no se puede olvidar la región del sur, en donde están las mayores atracciones turísticas del Brasil. Rio de Janeiro, otrora capital federal del país, constituye la esencia de la vida carioca. Multitudes se agolpan para observar cada año, los desfiles de Samba, las celebraciones por cada triunfo de las selecciones futbolísticas en el estadio del Maracaná, mientras que el Pao Azúcar y el Cristo del Corcovado hacen sombra en el atardecer frente a las playas de Copacabana y Guanabara, en Ipanema.
Por todo lo anterior, vale la pena visitar este pueblo, muy vinculado a los panameños por su ritmo de vida, similar en lo alegre y tropical como lo es nuestra gente.