Poco después de terminar mis estudios en artes culinarias recibí la llamada de una amiga de la familia que me ofrecía la oportunidad de administrar una franquicia recién adquirida por ella en Estados Unidos. El concepto ofrecía a las familias comidas semilistas, preparadas en nuestra cocina, y que solo tendrían que ser terminadas en casa, en un horno o sartén.
Nosotros realizábamos toda la parte complicada del proceso, como picar vegetales, sellar carnes y preparar salsas, y el cliente simplemente tenía que terminar de calentar en su hogar. Todos los productos eran frescos y naturales, y cada plato era preparado en nuestra cocina sin preservativos añadidos.
La idea detrás de este concepto surgió luego de que su fundadora, una chef de Louisville, Kentucky, leyera un artículo basado en un estudio que mostraba los beneficios y diferencias -al crecer- que presentaban los niños y adolescentes que hacían comidas o cenas regulares con sus familias, versus aquellos que nunca compartían este momento con sus familiares. Este artículo y, sobre todo, conocer acerca de los efectos adversos de no cenar en familia, causaron un gran impacto en ella y fue en ese momento que decidió embarcarse en esa aventura para poder así aportar a través de su profesión un granito de arena a la sociedad.
Estos estudios que antes mencioné han encontrado, entre otros, que cenar en familia tiene relación con la prevención en niños y adolescentes de diversos comportamientos negativos y que esta práctica es proporcional a tasas e índices menores de deserción escolar, de abuso de sustancias adictivas y de embarazos en adolescentes. De igual manera, se ha comprobado que todos los jóvenes que hacen, por lo menos, una comida al día con sus padres y hermanos tienen menos probabilidades de sufrir depresiones, obesidad o desórdenes alimenticios y en general cuentan con una mayor autoestima y, por lo tanto, presentan mejores desempeños académicos y en otras actividades. Además, y como bono extra, las conversaciones que se dan en la mesa son estimulantes muy poderosas del vocabulario en los niños.
En fin, son muchísimas las razones positivas por las que vale la pena hacer el esfuerzo de sentarse a compartir una comida en familia, pero cada día se nos hace más difícil por temas de tiempo, laborales, de tráfico, etc. Lograrlo requiere mucha organización, algunas estrategias para ayudarnos, por ejemplo, son preparar cantidades dobles de sopas o estofados los fines de semana para congelarlos y luego recalentarlos durante la semana, utilizar los vegetales precortados del supermercado también ahorra tiempo, o picarlos todos el fin de semana y congelarlos en bolsitas individuales para uso posterior.
Otra manera, a mi gusto la mejor, es involucrar a todos los miembros de la familia (grandes y chiquitos) en la preparación de los alimentos, dándoles tareas específicas a cada uno, y tratando de hacer del momento algo divertido, más que una obligación.
Quienes me conocen saben que siempre he pensado que cualquier excusa para sentarse a comer en familia o entre amigos es buena. Estoy segura de que coincidirán conmigo en la prioridad, que sin duda, debe tener esta rutina en el hogar.