En Panamá hay una vibración, una energía muy especial que no se siente y no se ve en otros países. La diferencia está en su gente, la forma en que los panameños han concebido su vida, su país y cómo lo están viviendo", dijo el conferencista y editor colombiano Gustavo Nieto Roa, quien volvió a pisar suelo panameño 40 años después de que lo hizo por primera vez.
El se complació de los avances y el crecimiento de la ciudad, pues según dijo encontró a Panamá convertida en una moderna metrópolis y siente que la pujante ciudad proyecta la energía de su gente.
El motivador, con vasta experiencia y recorridos múltiples por América Latina, Europa, Asia y Africa como conferencista, expresó en el Salón Chaquira, en la mañana del segundo día de la VII Feria Internacional del Libro en Centroamérica, FILCEN 2003, que: "Panamá es un país positivo, un país con futuro, en donde no se ve la miseria que en otros países. Donde quiera que voy veo un panameño con los ojos fijos en el presente y en el futuro".
Durante la conferencia "Con Dios todo se puede", él presentó evidencias y testimonios que le permiten afirmar y tratar de persuadir a sus audiencias dondequiera que va "en estos transitares por la vida", como dijo, que el poder de Dios no tiene límites y que en la medida en que se internalice esa gran verdad, se puede mirar al mundo con más optimismo. Claro, según hizo la salvedad, sin dejar de lado el papel de cada individuo como arquitecto de su propio destino.
Para comenzar, él relató cómo en su caminar por la vida llegó siendo muy joven a conquistar su sueño de hacer cine, y, posteriormente, a los 25-26 años trabajaba para las Naciones Unidas como Director de Radio y Televisión para América Latina, posición que le permitía viajar y ganar mucho dinero. Con todo y eso no se sentía un triunfador: se sentía muy mal a nivel físico y en la parte emocional las cosas tampoco andaban nada bien. Esto sin olvidar que el dinero como venía se esfumaba de su vida.
Expresó que vivía en un estado de angustia y estrés, pese a que hacía todo lo que los demás le decían. Cuando le aconsejaron "estudia", lo hizo, al igual que cuando le dijeron "trabaja". No funcionó.
Pero, según fue relatando, pronto pasó algo maravilloso, que cambió su vida para bien y ya nunca más tuvo tanta riqueza material y tanto vacío espiritual e ignorancia acerca de quién es y su razón de ser como individuo, que no se circunscribe a pasar por la vida sin extraer el máximo provecho para sí y los demás de cada vivencia, relación interpersonal y sobre todo de esa especial relación con Dios.
La hora de la metamorfosis, la oportunidad de crecer integralmente, se presentó al joven Gustavo Nieto Roa, en ocasión de una orden de la ONU: Debía ir a la India. He allí que transitando por la India donde, comentó, "todo es diferente, los sonidos, los sabores, los colores y la actitud de la gente", recorriéndola por tren y sobre el lomo de una mula, llegó "a un pueblito tan miserable, tan pobre que el estiércol del ganado lo utilizaban para todo: como alimento, lo cocinaban y hacían una masa para construir viviendas y fibras con las que se vestían. Y él, con sus veintitantos años se preguntó "¿cómo pueden estar felices viviendo del estiércol?". A esa pregunta se sumaron otros cuestionamientos que le comenzaron a robar la calma: "¿De qué se trata la vida? ¿Qué es esto que llamamos vida? ¿Para qué estamos aquí?".
Más adelante, en otro pueblo de arquitectura moderna, relató Gustavo Nieto, al toparse con personas que salían de una especie de templo, entre ellos un científico europeo que, como él, andaba en la búsqueda de respuestas a interrogantes similares que le ayudaran a comprenderse mejor y al universo, entendió el hoy motivador que había estado buscándolas en el lugar equivocado y de la manera inapropiada, como bien se lo dijo el caballero: "las respuestas básicas de la vida no me las han dado los libros ni las universidades". Pero, Nieto Roa seguía confundido, porque, si un científico estaba como él en una especie de oscuridad que es la ignorancia de un saber que se les escapaba, entonces ¿quién podría iluminarles?.
Y sucedió, pues, que allá, en la India, él recibió el siguiente consejo: "Primero, medite y, segundo, bájele a ese ego". Ese fue para Gustavo Nieto, según afirmó "el comienzo del camino".
"Me tomó mucho tiempo aprender lo que era meditar y todavía estoy trabajando en el ego", manifestó el conferencista.
"El ego", explicó, "es eso que nos separa de lo que llamamos Dios. Es esa imagen que creamos de nosotros y que nos hace pensar que somos tan especiales, tan inteligentes que nos merecemos tanto en la vida".
A partir de entonces él empezó a ver más allá de lo aparente y de lo tangible con la connotación limitada que se le da al segundo término. Hoy por hoy no escatima oportunidad para tratar de persuadir a sus congéneres de que "Con Dios Todo se Puede".
Y es que, según puntualizó, "Eso que llamamos Dios también es parte de ese sufrimiento, dolor, de todo eso que llamamos maldad".
Para que se comprenda mejor su planteamiento previo explicó que el universo es una combinación de contrastes y opuestos: luz/oscuridad, día/noche, blanco/negro, bondad/maldad. Y, agregó: "Eso que llamamos Dios no es más que el poder que está detrás de todo". Por ende, enfatizó, "para que se puedan lograr las cosas que uno quiere en la vida tiene que estar consciente de la presencia de Dios". Pero, lanzó la pregunta a la audiencia: "¿Cuántas veces al día, cuantas veces en la vida, hacemos una pausa para estar conscientes de la presencia de Dios?".