Variedades

Cristina Ortiz se confirma como un valor en alza para Lanvin


La modista española Cristina Ortiz confirmó con su poética colección Lanvin para el invierno 2000-2001 ser un valor en alza, capaz de unir en sus modelos audacia, delicadeza y un talento muy especial para el detalle.
La belleza de sus modelos, presentados en uno de los pasillos subterráneos del Teatro de Chaillot, en la plaza del Trocadero, uno de los lugares más "in" del momento para celebrar en París este tipo de eventos, no fue el único signo indudable de que su talento es cada vez más apreciado en el mundo de la moda.
La superabundancia de público japonés en su desfile y el interés despertado entre compradores y periodistas estadounidenses dan fe de ello.
El secreto reside quizá en la capacidad de Ortiz de alimentar ese deseo de fantasía que sólo encuentra satisfacción en las pasarelas de la capital francesa, según los expertos que cada año visitan también las de Nueva York, Milán y Londres, sin dejar de servir el minimalismo triunfante al otro lado del óceano.
Su fórmula mágica para lograrlo es la sencillez. Nada parece sobrar en sus conjuntos, entre los que abundaron pantalones de talle bajo ajustados hasta las rodillas y acampanados luego, siempre sobre zapatos de plataforma dorada; holgadas blusas de muselina, a veces transparente, y jerseys de piel o de punto artesanal.
Difícil decir si la predominancia era para el pantalón, la falda o el vestido. La mujer Lanvin llevará de todo en el invierno 2000, incluidos numerosos vestidos de colores refrescantes, holgados, de caída superfemenina. Sin estridencias.
Escotes profundos y desbocados, en "V", verticales, oblicuos, en la espalda o en el delantero, y espaldas enteramente desnudas, para conjuntos de falda o pantalón, fueron algunas de sus constantes, junto con delgados ribetes dorados para marcar la franja horizontal de una cadera, el borde de un chaleco de piel o un bolsillo.
Aunque la modista recorrió su larga pasarela toda vestida de negro para recibir los aplausos del público al término del desfile, sus modelos estuvieron marcados por el color, elementos claves de la distinción propuesta.
Abundarán oros y dorados, solos, en conjuntos monocolores, en pequeños detalles y ribetes, o para completar tonos caramelo, banana, chocolate y canela, combinados entre sí o con blanco, amarillo limón, fresa, lima, mandarina, turquesa, kiwi y naranja.
El punto será ambiguo. De un lado recordará aquella voluminosa chaqueta amorosamente tricotada por la abuela, pero a la vez, su diseño y los hilos de oro infiltrados le darán un toque inevitablemente lujoso.
Entre los múltiples modistas que mostraron también hoy su trabajo, Gilles Rosier presentó su primer desfile para Kenzo: todo un homenaje al maestro, con quien trabajó durante los dos últimos años, a su origen japonés y a su pasión por el color.
Pero también un canto a la alegría, al gozo de firmar por primera vez a solas una colección propia, barroca y muy personal, desbordante de imaginación, a caballo entre las últimas décadas, la indumentaria tibetana del filme "Himalaya", la mostrada por Spielberg en su último capítulo de "La Guerra de las Galaxias", o la utilizada en sus rituales por algunas tribus nómadas africanas.
Asimetrías, faldas de picos de capas superpuestas, hombros subrayados con ribetes de piel, anchos cinturones de cuero cruzados, túnicas sobre túnicas, abiertas en los laterales o cerradas, delantales, pantalones ajustados, bombachos de estilo ruso, botas, botines, chales acolchados...cada una de sus series de modelos podría dar pie a colecciones enteras.
El busto semidescubierto por escotados y holgados vestidos drapeados en diagonal, decorado con joyas multicolores tatuadas con motivos de flores o estrellas, fue una de sus propuestas más festivas, que recordaba lejanamente a las de otro maestro, Yves Saint Laurent, inventor del sujetador-mini bustier bordado de piedras preciosas.
En cualquier caso el arte de Rosier promete futuro.


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37005
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
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