E l día dos de abril se sumó a la larguísima lista de fechas que pretenden rescatar valores amenazados por el abuso o indiferencia de la sociedad. Así, el libro infantil también tiene su fecha de cumpleaños, de la misma manera que la tienen el agua y la tierra, sin que por ello haya logrado el reconocimiento universal que se merece.
El cuarto centenario de la muerte de Charles Perrault, pasado casi desapercibido el año pasado, nos mueve a la reflexión sobre un escritor, que a una edad avanzada, decide publicar un libro de cuentos infantiles. Y es que para la sociedad del siglo XVII los niños eran sólo adultos en miniatura. ¿ Quién no recuerda títulos como La Caperucita Roja, La Bella Durmiente y El Gato con Botas? Todos hemos escuchado estos cuentos, pero pocos recuerdan el nombre de su autor. Esta es la suerte de los grandes escritores para niños: ser recordados por sus obras y no por su nombre.
El siglo XIX marca un hito en la literatura infantil mundial, y en él brillan los nombres de los hermanos Grimm y de Hans Christian Andersen, cuya fecha de nacimiento ha sido consagrada como el Día Internacional de la Literatura Infantil. Ellos escudriñaron en la tradición oral europea andando caminos que los llevaron a otros continentes comprobando la universalidad de ciertos mitos y leyendas. A ellos, que fueron grandes recopiladores y autores de obras de la tradición oral, debemos personajes que han alimentado la imaginación infantil por muchas generaciones: El Patito Feo, la Cenicienta, El Soldadito de Plomo, La Sirenita...
La literatura infantil surge como un mecanismo de defensa del niño que se apodera de obras, no necesariamente escritas para ellos, pero que alimentan sus sueños y anhelos, que mitigan sus temores e incertidumbres y que animan sus juegos. Así lo entendieron también algunos grandes escritores de nuestro continente:José Martí, Rubén Darío, Gabriela Mistral.
En Panamá, el interés por la literatura infantil surge de los grandes maestros de principios de la era republicana quienes a través de compendios y textos escolares recogen una buena cantidad de obras literarias y comienzan a crear las suyas propias. Desde ese momento, la literatura infantil panameña entra en la corriente literaria universal. Algunos de nuestros grandes escritores dedicaron parte de su producción a los niños: María Olimpia de Obaldía, Rogelio Sinán, Ester María Oses, entre muchos otros.
A la manera de los grandes investigadores-escritores de la Europa decimonónica, en Panamá nuestros escritores infantiles han recorrido el mundo de la tradición oral en busca de personajes y tonadas que son parte de nuestro perfil cultural como panameños y latinoamericanos. Dora Pérez de Zárate tendió el puente entre el folklore y la escritura creativa, puente que otros han recorrido con dedicación, tal es el caso de Doña Joaquina Pereira de Padilla y Changmarín. Mientras tanto, otros, fascinados por el mundo de la tradición y la infancia, seguimos tras la pista de los clásicos temas y personajes del mundo infantil.