Ser madres es un regalo de Dios y una tarea que dura toda la vida. Para una madre no hay hijo/a grande. Siempre estará preocupada por su bienestar, dándole consejos y encomendándoselo/a a Dios. Me consta.
Por otra parte, decidirse a ser madre es hermoso y más si esta decisión se toma en pareja, cuando se está listos/as para dedicarse a criar a la prole lo mejor posible: siendo modelos y brindándoles afecto, educación, salud, vivienda, orientación y una buena base espiritual y moral.
Lo expuesto en el párrafo anterior sería lo óptimo. Pero, se dan varias situaciones con las mujeres, ya que hay quienes tienen los/las hijos/as demasiado temprano en la vida, otras muy tarde y las hay que nunca pueden concebir. Aparte de las que tienen tantos/as hijos/as que no pueden mantenerlos/as y pasan muchos páramos junto a ellos/as, pero allí están, abnegadas y si tienen que sacarse de la boca el pan para dárselo no lo dudan ni un instante. Ninguno de estos casos es el ideal. Mas, de hecho, desdichadamente, las cosas no son como la gente quisiera que fueran para que todos/as sean felices. Pero, seguir adelante tratando de acoplarse a las circunstancias y sacarle la mayor ventaja posible a los recursos que Dios les ha dado, comenzando por el inmenso amor con que las ha dotado, es tarea de las madres, porque nadie las relevará en su responsabilidad permanente para con los/las hijos/as. Ellas tampoco piden relevo, sí apoyo, comprensión y que Dios las siga dotando de esa paciencia sin igual de que hacen gala.
Ser madre, me parece incluye, entre otras cosas, sentir palpitar en tu vientre una vida, escuchar el llanto del/la hijo/a recién nacido/a, darle un beso, acariciarlo/a, deleitarte mirándole, vivir miles de experiencias, sustos, ocurrencias. Es hacerle sentirse seguro/a, amado/a, que ocupa un especial lugar en tu vida. Siempre escucharle y responder a sus dudas que comienzan con la curiosidad propia de los dos y tres años y luego se van sumando ya en la adolescencia, los cuestionamientos sobre su razón de ser y su quehacer como ser humano parte de una sociedad donde somos interdependientes.
Ser madre es, además, armarse de valor y paciencia para esta gran responsabilidad de formar hombres y mujeres con una alta estima, sentido de colaboración, amorosos/as hacia su prójimo, responsables. Es ayudarle a conocerse a sí mismo/a y a tratar de saber cuál es su misión en la vida (a aceptarse cual es y tratar de que sepa que el ser diferente le hace especial, como a cada ser humano sobre la Tierra), guiarle caminar hacia la juventud, la edad adulta y aún después hacerle sentir que siempre tendrá en ti una amiga, alguien que le escuchará y con quien podrá contar incondicionalmente, porque le amas.
Para concluir estas ideas que han surgido de lo más profundo de mi corazón, quiero añadir que, ciertamente, hay experiencias hermosas e inolvidables en la vida, pero las que se tienen como madre son especiales, te hacen sentir que la confianza de Dios en ti es inmensa porque te encomendó una tarea de tanta importancia.