Pero esta capacidad no se refiere exclusivamente a las emociones, sino a cómo integrar éstas con las cogniciones y los actos. La idea es "poner inteligencia a las emociones".
Para la psicóloga Verónica Rodríguez, hasta hace pocos años se consideraban básicas para el desarrollo de los procesos de enseñanza el aprendizaje de las habilidades lingüísticas, la lógica o las matemáticas. Sin embargo, hoy sabemos que la capacidad intelectual no es pronóstico de un óptimo desempeño personal y social, sino que también es necesario demostrar otras competencias personales propias de la inteligencia emocional.
Esa destreza para manejar las exaltaciones de forma apropiada, se puede y debe desarrollarse en los primeros años de vida, ya que las emociones se expresan desde el nacimiento. Un niño amado, acariciado, será un infante con confianza y seguro de sí mismo.
"Al desarrollar la inteligencia emocional en los niños, lo primordial es conocer cómo es la evolución del mismo en este aspecto, para de esta forma saber qué habilidades necesitan estimularse según cada etapa", describe la especialista.
En este sentido, hay estrategias útiles para estimular este tipo de inteligencia en la niñez, a fin de que los pequeños aprendan que existen distintos tipos de situaciones y que cada una les exigirá una u otras respuestas.
Dar nombre a los sentimientos: Es importante que el niño reconozca emociones como la alegría, la tristeza, la cólera, el miedo, para poder sobrellevar ese sentimiento al momento de sentirlo. Son de gran ayuda los cuentos y las tarjetas con dibujos.
Relacionar gestos con sentimientos: Al aprender a identificar emociones en otras personas, el niño desarrollará la empatía. Educa al niño para que pueda entender la sorpresa, tristeza, alegría o temor.
Orientarlos: Una vez que sus hijos sepan reconocer sus emociones, déles normas básicas para enfrentarse a ellas. Una de ellas puede ser, "cuando expreses tu enfado no puedes hacerte daño ni a ti, ni a los demás, ni a las cosas". Explique a sus hijos lo que sí pueden hacer. Por ejemplo: correr en el jardín, dibujar figuras enfadadas, dar puñetazos a una almohada, arrugar un periódico, etc. Hacer esto no es malo, al contrario, expresar lo enojado que se siente y es saludable, siempre que se exprese de manera aceptable. Además de ello se debe enseñar al niño a relajarse cuando esté nervioso o disgustado; anímelo a respirar hondo mientras cuenta hasta tres y a expulsar despacio el aire.
Alabar lo positivo: Felicita a tu hijo cuando enfrenta de manera correcta sus emociones o muestren preocupación por los demás.
Enséñele con el ejemplo: Esta es la mejor manera para que sus hijos entiendan cómo expresar adecuadamente las emociones, sin causar daño. Por ejemplo si ha pasado un mal día en la oficina, váyase de paseo en lugar de gritar y desquitarse con los demás. Si tiene una explosión de mal genio delante de sus hijos, hable luego con ellos. Cuénteles por qué estaba enfadado, luego explíqueles que se enfrentó a sus sentimientos de forma equivocada y que intentará hacerlo mejor la próxima vez.
En términos generales, la inteligencia emocional facilita a las familias aplicar una disciplina con autoridad, pero sin ser rígidos ni autoritarios, más bien firmes.
"Deben existir reglas y límites claros que deben ser respetados, por eso es conveniente que todos, dentro del hogar, se involucren a la hora de establecerlas, ya que así los pequeños estarán más dispuestos a cumplirlas", acotó Rodríguez.
Otro aspecto interesante es crear un ambiente familiar positivo, esto incluye conseguir una participación activa en la dimensión emocional, aspecto que refuerza la confianza entre la familia y los hijos.
Por eso hay que dedicarles un tiempo especial, escucharles y compartir alguna actividad gratificante. "Resulta obvio que las actividades pasivas individuales, como ver la televisión, ayudan muy poco al desarrollo de las capacidades emocionales".
Además, a la hora de seleccionar las actividades extraescolares también hay que tener en cuenta aquellas que ayuden a desarrollar las capacidades y habilidades como el trabajo en equipo, la resolución de problemas, la comunicación interpersonal o la creatividad.
Todo el proceso en conjunto, constituye un reto en el que deben implicarse los padres, y en el mayor de los casos los maestros, con seriedad y responsabilidad.