Se ha repetido hasta la saciedad, que hay que cuidar a la familia porque es la unidad básica de la sociedad, la más importante y fundamental de todas las instituciones sociales.
No obstante, no faltan personas y grupos influyentes que opinan lo contrario. Que la familia ha pasado a ser una polvorienta reliquia del pasado, una institución anacrónica, que en realidad constituye un estorbo para la marcha ascendente del progreso y que, en consecuencia, debe desaparecer. Y no sólo eso, sino que lo que hay que hacer es acabar de una vez por toda con la unión familiar.
Sin embargo, no puede ocultarse que la batalla contra la familia está causando estragos. No faltan en el seno mismo de las familias signos de preocupante degradación de algunos valores fundamentales como es una equivocada concepción teórica y práctica de la independencia de los cónyuges entre sí; las graves ambigüedades acerca de la relación de autoridad entre padres e hijos; las dificultades concretas que con frecuencia experimenta la familia en la transmisión de los valores; el número cada vez mayor de divorcios, la plaga del aborto, el recurso cada vez más frecuente a la esterilización, y la instauración de una verdadera y propia mentalidad anticoncepcional.
El hombre y la mujer parecen erigirse absurdamente en dueños del bien y del mal, de la vida y de la muerte, como si en ello conquistara su libertad y plenitud existencial. Los sabios, se hacen necios, y con un deseo exacerbado de cambiar lo incorruptible por lo corruptible al entregarse a pasiones deshonrosas, sin compasión y piedad.
Esta degradante situación carcome una de las células más vulnerables de la sociedad: los niños y niñas, en que el abuso del sexo desde la pubertad es el tercer negocio más lucrativo del mundo, sólo superado por el tráfico de drogas y el de las armas, según la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura.
Este es un escenario que muchos ven con justa preocupación; y si algunos no lo ven, están ciegos, y han de abrir los ojos, porque está en juego la felicidad de sus hijos, y la de tantos otros. No cabe huir de responsabilidad tan seria.
En muchos lugares del mundo, incluyendo Panamá, la prostitución infantil es una realidad alarmante con resultados trágicos. No es de extrañar que las niñas y niños que se prostituyen, terminen cometiendo delitos y consumiendo drogas. Un gran número de ellos se sienten frustrados y sin dignidad alguna y apenas ven posibilidades de escapar de sus desdichadas vidas.
En América Látina hay más de quinientos mil niños y niñas que se prostituyen. Esta cifra no es casual, ha sido investigada, así como los trescientos mil menores que ejercen la prostitución en la calle, especialmente en los barrios donde hay tráfico de drogas. Bajo la influencia de las drogas, al adolescente le es más fácil exponerse a vejaciones a las que normalmente no accedería.
Rosa sumida en esta triste realidad expresa: "Si consiguiera un empleo, no ganaría lo suficiente, porque no tengo profesión. Además, es casa saben a lo me expongo a diario, y mi cuerpo me pertenece y hago con él lo que me venga en gana". Rosa sólo tiene 14 años. Lo más aterrador en esta menor es que inicialmente fue violada en su propia casa por su padrastro. Antes de cumplir los catorce, fue una niña como cualquier otra, jugaba con muñecas, y alguna que otra vez soñó en casarse con su príncipe azul.
En relación al turismo sexual infantil y debido a la alta incidencia de enfermedades de transmisión sexual, como el sida, los clientes ávidos de relaciones promiscuas, están dispuestos a pagar precios mucho más altos por los menores, quienes tienen más probabilidad de ser vírgenes y por tanto de no haberse contagiado. ¡He allí el arma punzante para el glotón de carne fresca!
La prostitución infantil se alimenta de la miseria y la pobreza y está claramente vinculada a la desintegración familiar. El menor empieza uniéndose a una banda, a fin de conseguir comida, quizá robe y venda su cuerpo esporádicamente y luego termine por vivir de la prostitución. Con "suerte" puede relacionarse con gente que los envía al extranjero convirtiéndolos en trabajadores sexuales.
Limitarse a hablar de un mundo mejor para los niños y niñas no es suficiente. Siempre podemos mejorar nuestra conducta, nuestro trabajo y nuestras relaciones familiares. Mejorar la familia es, indiscutiblemente, mejorar la sociedad. Es estar disponibles por restaurar los valores quebrantados, recuperar los perdidos y potenciar los muchos que, afortunadamente, tenemos en buen estado.