Estoy bien-bien-bien dormido cuando “¡putuuummm!”... siento un movimiento en la cama y Tuit, nuestra hija felina, se empieza a surrar por mi mano. Luego de una sesión de cariño de pelaje, me siento y agarro mi vincha que tiene una tela un poquito corrugosa. Antes de salir del cuarto, le acaricio la pierna a Jenny, que tiene la piel hiper-suavecita, para cargarme un poco de su energía.
En la regadera hasta logro saborear la limpieza mientras paso el jabón por el sobaco. Y al tocarme el cachete me doy cuenta de los pelitos que tengo que navajear.
Al salir del agua, la toalla es lo máximo... es de las que raspa “pritty” contra la piel y absorbe bastante agua. El suéter se surra en mi torso para darme calorcito y mis pies se sienten cómodos con el caucho de las Jumbo. Abro el zipper del kanguro y meto la mano para buscar la llave. Sin mirar, la encuentro tocando el metal frío y los dientes que tiene.
Antes de llegar a una reunión pillo una “tierrita” chocolate que psicológicamente me fuerza a quitarme las chancletas y saborear su suavidad con la planta de mis pies. Genial :)
Durante la subida en el elevador, tengo que pasar la yema de los dedos por un metal de decoración y, al llegar a la reunión, tengo que tomarme un tiempo especial para dar y recibir abrazotes calurosos.
Y así es mi día... todos los días. Cuando Roberto Bernal me hizo el test para conocer mis canales de percepción, me ayudó a comprender mi mundo. 93%, ¡soy kinestésico extremo!, me grité. Absorbo el mundo a través del tacto, mi mirada se va con el movimiento y mis recuerdos son basados en sensaciones.
La kinestesia es una delicia. Temperatura, textura y movimientos están en constante comunicación con mi cerebro. Y ahora que lo sé, me desarrollo más y “ufff” mejor. Me encanta :)
¿Te gustaría concocer qué tan kinestésico eres?
Estamos a la orden, nos avisas porfa :)