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El diezmo o la salud del alma de un pueblo


En sus principios, la Iglesia de Cristo se apegó con admirable fidelidad a las tradiciones y costumbres que caracterizaron, tanto a los judíos como a los paganos, que cumplían con el mandato que sus escrituras y sus ritos, disponían como una forma manifiesta de rendir culto, los unos a su Dios y los otros a sus dioses.
Ese tributo o ese sacrificio que el creyente ofrecía a lo divino era una muestra de agradecimiento, reconocimiento y sometimiento a la gracia divina que los fieles veían manifestada en las bondades del Creador a la hora de las cosechas y a la hora del rendimiento de un trabajo que persiguiera un beneficio material. El fervor de los creyentes no necesitaba del enriquecimiento y la insistencia de los sacerdotes de las respectivas relkigiones que se practicaran, porque era un sentimiento e iniciativa natural del que se tenía por hijo de Dios, de retribuir al Creador los dones tan preciados de la vida misma y del sustento de ella que prodigaban la tierra, las aguas y el aire. "Mirad las aves del Cielo como no siembran ni tienen graneros y el Señor vela por ellas". Estas significativas palabras las oíamos durante el sacrificio de la misa. Aún las aves en el cielo devuelven al Señor el regalo que su naturaleza les ofrece para su subsistencia, con la belleza de su plumaje y el inocente trinar que les motiva su libertad. Más aún deberá el hombre retribuir a su Creador por toda la afortunada riqueza que le brinda la tierra que lo cobija. El amor es suficiente justificación para desprendernos de lo que tenemos si se trata de hacer el bien.
Se ha dicho que el amor sólo puede medirse por el grado de sacrificio entre los que se aman. ¿Cuántos amas a Dios? ¿Cuántos amas a Cristo? ¿Cuántos amas a tu Iglesia?, que es lo mismo que decir, ¿Cuánto a mas a tu prójimo y cuánto te amas a ti misma? Sólo lo puedes saber cuando constates tu capacidad de sacrificarte por cada uno de los mencionados. ¿Cuánto amas a Dios? ¿Será suficiente con cumplir a medias con los Diez Mandamientos? ¿Cuánto amas a Cristo? ¿Será suficiente con amar a medias o muy poco a tu prójimo? ¿Cuánto amas a tu Iglesia? ¿Crees que basta con ir a misa de vez en cuando y ofrendar unas monedas para la obra de evangelización que preconizó Jesucristo cuando exhortó a sus discípulos a ir a predicar el Evangelio por toda la tierra? Quizás esas monedas o ese balboa es lo que justamente puedes dar. Cuando se da lo que no se puede dar, es cuando más vale lo dado. Pero cuando no se da lo que se puede dar, lo que haya dado no tendrá el valor de lo que te sobra.
En el Concilio de Nicea de 325 D.C., la Iglesia Católica comenzó a diseñar su estructura administrativa, ejecutiva y de evangelización masiva. Eran tiempos cuando los grandes señores feudales, los mercaderes, los industriales y los fabricantes, resolvieron apoyar la obra de la Iglesia porque ésta significaba el aglutinamiento de los hombres en rededor de una sola religión común para todos. La Iglesia debía desarrollar una ardua labor de entronización de la Fe. Sin embargo, el mundo era pequeño en esos tiempos y la Iglesia se bastaba a sí misma porque sus recursos provenían de gobernantes, de hombres ricos y de creyentes comunes y corrientes que no olvidaban que hay que rendir honores y deberes a su Supremo Ser que te lo da todo. Ninguno objetaba que había que dar a Dios lo que era de Dios y a los Cesares lo que era de los Cesares. Los hombres pagaban sus impuestos y también pagaban el Diezmo que sabían que correspondía a los representantes de Dios que velaban por la salud de sus almas.
Los hombres y mujeres que sirven a Dios, no cobran salarios. Al Señor no se le exige que se liste en una planilla a los que trabajan por El. Hoy, en este inicio del siglo XXI, la labor de la Iglesia es gigantesca. Se han multiplicado los fieles, algunos se han alejado, otros están confundidos y otros no conocen siquiera la palabra de Dios. El mayor mérito de la Iglesia Católica es la de haberle otorgado al ser humano el conocimiento de la existencia de un Dios todo amor, toda misericordia y esperanza. La Iglesia Católica es el baluarte de la salvación y de la Fe, y por ella el hombre tiene un faro de luz en su destino. El alma no está huérfana, porque la Iglesia Católica le ha dado a cada hombre y mujer el aliciente de que la vida no es toda miseria y de que poseemos un alma que regresará al seno de su origen, cual es el amor de Dios.
Trabajar por esa paz de la que gozan los hombres de buena voluntad en este planeta, demanda de las realizaciones que se pueden hacer efectivas mediante lo material. La Iglesia ha trabajado tesonera y constantemente en la persecución de esa meta evangelizadora y de paz, pero la población crece, las necesidades crecen, las enfermedades crecen más en el alma, que es donde más daño hacen, que en el cuerpo cuyo remedio podría estar en los adelantos de la ciencia. La medicina del alma la lleva en su maletín de salud, el médico del espíritu que es el servidor de la Iglesia, entre ellos, más conspicuo que todos, el humilde sacerdote y la abnegada religiosa que, nada piden por llevar un sorbo de bienaventuranza cristiana a los tantos enfermos del alma que habitan la tierra. Para ese hospital de la salud del espíritu, se ha creado Pro/Fe, que es un nuevo batallón de la Iglesia panameña, que se ha determinado recoger de la buena voluntad del católico istmeño y de su amor y respeto al prójimo, una parte del diezmo.
Para los fiels que leen la Biblia y se refieren a ella en sus dudas y sus desánimos, es accesible apreciar toda la magnitud de la voluntad de Dios de que sus criatura rindan el diezmo a su magnificencia, en el Deuteronomio, Capítulo 14, 22; Levítico, Cap. 27, 30-32; Números, Cap. 21-32-; y en otros pasajes, donde queda de manifiesto que el Diezmo es una institución bíblica que enaltece al creyente en su relación con su Creador. La Fundación Pro/Fe no sugiere siquiera que el diezmo, a pesar de la etimología de la palabra, signifique una décima parte del ingreso del hombre o mujer católicos; sino que invita a que el católico haga una donación voluntaria de, por lo menos, un balboa quincenal de su salario, con el cual, multiplicado por el número de donantes de la gran familia católica panameña; sería felizmente un total que alcanzaría para seguir trabajando sin mayores ansiedades por el bienestar y la salud del cuerpo de la Iglesia, que vela por la salud del alma de los panameños.
A lo largo de la historia de la labor evangelizadora y orientadora de la Iglesia Católica, ha quedado demostrado que allí donde florece el evangelio de Cristo, florece, también, la paz y la prosperidad de una nación. De ahí que, cuando la ciudadanía se determine a subsidiar decididamente al médico de su alma, que es la Iglesia de Cristo; no habrá Patria que se debilite ni se enferme, porque su medicina es Dios y Dios está con su Iglesia y la Iglesia somos todos.


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35976
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América