El taxi manejado por Francisco, sorteaba ciclistas, motos y viejos carros americanos de los años cincuenta, que el ingenio de los cubanos mantiene en circulación. Francisco nos mencionaba cosas de su tierra, y al saber que éramos panameños, la confianza llenó el vehículo. La Avenida Rancho Boyeros, nos llevó hasta la Plaza de la Revolución, allí ofició misa el Papa. Y cada vez que se requiere, el pueblo cubano acompaña a Fidel, llenándola. En esa tarde sólo nos acompañaron la estatua del apóstol de la libertad cubana, Martí y la gigantesca y desafiante figura del mitológico Ché Guevara, sobre uno de los edificios gubernamentales. Pareciera como si mantuvieran un coloquio eterno sobre su querida América.
La moderna avenida de cuatro vías, nos llevó hasta la Universidad de La Habana. Los edificios mostraban motivos del conocido estilo "art deco", tan popular en las décadas del 40 y 50. Enseguida llegamos a El Malecón, que nos recibió lleno de sol. Al fondo del faro y el Castillo del Morro, la fortaleza que opuso su presencia a los piratas de siglos pasados. Las olas se turnaban para besar los muros que protegen la avenida y se deshacían en remolinos de espumas. Haciendo coro con su ir y venir dotando a la tarde de un ambiente musical.
Luego apareció el famoso Paseo del Prado. Los monumentales edificios se fueron sucediendo uno tras otros, cada cual más espectaculares. Los faroles y leones de bronce, la imponente presencia del Gran Teatro de La Habana, que compite con la magnificencia del Capitolio, nos asombraron. El Prado corta a la capital cubana en dos partes.
La Habana Vieja es otra cosa, al visitarla nos transportamos en el tiempo a la colonia española. Comprendimos la importancia que tuvo la ciudad como puerto comercial para el Imperio Español. Sus artesanos nos recibieron en la Plaza de Armas y pudimos estrecharnos con el pueblo cubano, con su sabor, con el producto de sus manos.
La Bodeguita del Medio nos brindó un singular cocktail "el mojito", ron y hierbabuena, aquel sabor que gustara al escritor Ernest Hemingway, autor de "El viejo y el Mar" o de "Por Quién Doblan las Campanas".
La Habana tiene los encantos de una ciudad que según Eusebio Leal, cubano, Historiador de La Habana: "Escapó de la avalancha arquitectónica de los 60 que cambió la faz de las ciudades iberoamericanas. La ciudad conserva el aire de la primera mitad del siglo". Esa rara condición le da un atractivo único para los visitantes. Claro, muchos edificios de estos sitios sufren problemas de hábitat y deterioro físico. Pero el turismo y el interés demostrado por más de un millón de turistas que anualmente visitan Cuba empiezan a lavarle la cara. Los sectores más antiguos están siendo restaurados siguiendo normas de un Plan Maestro.
Pero La Habana actual continúa teniendo magia, tiene música, tiene noches de boleros, de rumba de cajón, sabor, brisas marinas y luna llena. Tiene la espectacularidad del Copacabana, el cabaret más famoso de Cuba, donde se pueden ver revistas musicales con cantantes, bailarinas y lujosos disfraces. Tiene las esperanzas del cubano que sigue adelante.