Los cuadros del pintor dominicano Jorge García Cordero muestran dos realidades contrastantes, en algunos se observa cómo el ser humano se regocija con su entorno y disfruta de las bellezas de su hábitat y en otros presenta parajes desolados donde el rey no tiene siquiera un árbol bajo el cual guarecerse. En estos últimos se denota cómo la ambición desmedida en nombre del progreso deforesta todo a su paso.
Hasta aquellos árboles secos cuyas ramas y troncos se entrelazan en un abrazo indisoluble, como debería ser el de la humanidad con la naturaleza, lucen hermosos, con todo y que parecen una osamenta desnuda, como ha de quedar la especie cuando extinga el agua y el último árbol perezca ante sus ojos impávidos.

En estas obras de arte de su muestra individual “El reposo del guerrero”, en las cuales la musa del pintor radicado en Francia es la naturaleza viva y la naturaleza muerta, sea sin proponérselo o intencionalmente, él viene a dar una campanada de alerta que no debería ser desoída, porque cada día más el clamor del Planeta se hace sentir: con el cambio climático, el deshielo polar, los desastres naturales, las olas de calor, entre otros.
Los mismos títulos de cada cuadro son sugestivos: Bosque rojo, Crucifixión I, Delicias, El simulacro, El último hoyo, La hamaca, La huída II, la verdadera selva de Lam VI, Laguna verde (tríptico), Marina con nadador, Nonour y Tiny Toys II.
La gran cadena de errores cometidos generación tras generación deja huellas imborrables. En el gran paisaje mundial hay escenas patéticas.
Lo que procede es tomar conciencia para evitar la hecatombe de la cual somos todos co responsables, porque, no importa raza, edad, cultura, ideología, género, compartimos un hábitat que grita ¡auxilio!
Wendy Guerra, sobre la propuesta, afirma en el catálogo: “No es la obra actual de G. C. una apropiación. Se trata de un mapa de sus místicas apropiaciones”.
Añade más adelante que: “García Cordero revisita todo lo que le integra y ya no puede, de ningún modo, separar su piel de cebolla, las mil capas de milenios de integración que nos cubre inconscientes, constituyendo todo ello su informal escudo metalingüistico, su nación visual propia, la gran nación del estilo. Inconfundible patrimonio que pasa por las artistas hindúes o africanas, con sus filosofías y máscaras, tarareando a los rusos y recitando de memoria la iluminación flamenca, salvando un dibujo erótico japonés en el urgente paso de lo figurativo que nos recibe a paso de conga”.