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El Jueves Santo de Jesús


El Jueves Santo de Jesús fue un día muy apretado de acontecimientos y emociones. Sirvió alegre a la mesa, como un amigo obsequia generoso a sus invitados. Lavó los pies a sus discípulos, postrándose en tierra y humillándose ante ellos como un verdadero siervo. Instituyó la Eucaristía dando a comer su Cuerpo, y ofreciendo como bebida la copa de su propia Sangre.
Consagró a unos pocos con su sacerdocio eterno, confiándoles su propia misión redentora. Platicó largamente con quienes había escogido como continuadores de su obra y que, horas después, le abandonarían, negarían conocerle y se dormirían hastiados, mientras Él oraba por ellos.
Y, por último, esta misma noche Jesús fue detenido, esposado y conducido a los tribunales civiles y eclesiásticos como un malhechor.
Es por ello que en muchos lugares del mundo y en nuestro país se celebra el Jueves Santo, en recuerdo de la Última Cena de Jesús con sus Apóstoles.

El Padre David Cosca, del Templo de la Divina Misericordia, nos explica que el Jueves Santo en la mañana, celebra en la Catedral la Misa Crismal, en donde se consagran los tres aceites necesarios para el Sacramento del Bautismo y el Sacramento de la Unción de los enfermos.
En horas de la tarde, todas las iglesias del país celebran la misa con el lavatorio de los pies, recordando el último momento que Jesús compartió felizmente con sus ya bautizados como amigos.
Finalmente, el Padre Cosca nos detalló que en horas de la noche se realiza la Procesión del Silencio para los varones, en manifestación de la Fe cristiana, la cual indica la tristeza que tiene la Iglesia de ver a Cristo sufriendo.

Además de una jornada muy apretada de importantes acontecimientos, el Jueves Santo de Jesús fueron también 24 horas de fuertes e intensas emociones. Según San Juan, fue un día repleto y desbordante en gestos y expresiones acaloradas de amor por parte de Jesús.
Ardientemente deseó celebrar esa Pascua con sus siervos, a los que al inicio de la Cena dijo:
Ya no sólo son mis siervos, sino también amigos y confidentes, y un solo mandato les doy: que os améis unos a otro como yo os he amado y permanezcan siempre unidos en mi amor.
Yo soy su amigo, cuanto pidan al Padre en mi nombre, se les concederá. No pierdan la calma, permanezcan junto a mí, que yo estaré con vosotros hasta el fin de los tiempos.
No se desanimen, ni se acobarden, sólo atrévanse a tomar y comer mi Cuerpo que lo entrego por vosotros; también tomen y beban mi Sangre, que la derramo para borrar vuestros pecados.
Fielmente continúo diciendo, “muy pronto os enviaré al Paráclito, a mi propio Espíritu, para que los anime, consuele, defienda y guíe en su caminar por la vida. Sin ningún temor, tómenlo, todo lo mío es suyo.
En realidad, las palabras y sentimientos de amor por parte de Jesús el Jueves Santo, fueron elocuentes y sinceras.
Pero, junto a estas tiernas palabras y delicados sentimientos, y en contraste punzante con ellos, Jesús en su Jueves Santo, experimentó y saboreó también el cáliz más amargo de su vida terrena. Vivencias de amargura tal, que le provocaron, según San Lucas “un frío sudor de sangre”.
En Getsemaní “sintió horror y angustia”, atestigua San Marcos. Con voz llena de sufrimiento exclamaba a Pedro, Santiago y Juan, “Me muero de tristeza”.
Esta angustia vital debió sentirla Jesús tan honda, que según San Lucas, “un ángel del cielo se le apareció y le animaba”.
Además en este día, Jesús experimenta la incomprensión y superficialidad de sus más íntimos; la traición y el beso delator de Judas; y la huida cobarde de los Doce fanfarrones que, cuando las multitudes le aclamaban, eran los primeros en agolparse junto a Él, y que hoy le dejan solo. Incluso Pedro, del grupo de sus preferidos, que momentos antes se había proclamado incondicional hasta la muerte, poco después le niega por tres veces y declara públicamente no conocerle.
Finalmente, este mismo Jueves Santo, Jesús saboreó en su propia carne lo que significa “el silencio de Dios” y lo dolorosa y hasta cruel que resulta a veces la aceptación de la voluntad del Padre.

 
Por otra parte, el Jueves Santo de Jesús en la historia fue también para Él la jornada emocionante del adiós de despedida a quienes mucho amaba y con quienes había compartido muy de cerca sus alegrías y sus penas, sus esfuerzos y su cansancio, sus satisfacciones y su desaliento.
No a todas las personas, antes de morir, se les permite despedirse personalmente de sus familiares y amigos. Cuando se producen estas despedidas, por lo general, son momentos de una intensa emoción.
Es el último beso, la última mirada, las postreras palabras que una madre o un padre dirigen a sus hijos. Es su última voluntad, en la que suelen condensarse todas las voluntades de una vida. Y es como la entrega final a quienes se ama, de lo que durante la vida se ha ido prodigando poco a poco.
Pues bien, para Jesús su Jueves Santo estuvo también saturado por este clima y por esta emoción contenida de su despedida final: “Os quiero, dijo, y os querré siempre. Permaneced unidos y amaos unos a otros como verdaderos hermanos; como yo os he amado”.


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115811
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América