En cierta forma la vida de José Quintero, terminada a los 74 años de edad, estuvo acompasada por ese ritmo existencial que solamente él escuchaba y con tal pasión, con tal vehemencia, que hizo partícipes del mismo, a todos los seres humanos que lo conocieron. Si algo caracteriza su vida teatral, que supera los cincuenta años, es ese empecinamiento en escuchar sus voces interiores y hacer de esa melodía que era un sueño imposible para los demás, una realidad absoluta para todos nosotros. El nombre que diera a su autobiografía (1974) es ilustrativo: "If You Don"t Dance, They Beat You". Es decir ni más ni menos,:( si no haces lo que hacen los demás, te golpean). En este sentido, José Quintero hizo lo que quiso y que era aquello en lo cual él creía. Y es por ello, precisamente por ello, que su vida superar a su muerte de 1999.
Por ello al recordarlo tendríamos que evocar esa vida, o a lo sumo una parte de esa vida, porque es eso lo que tendemos a olvidar quienes seguimos. Sus triunfos, sus logros, sus aciertos, eso queda para la historia dado que es su legado para los que están ahora y para los que vendrán. Su vida o a lo sumo esa parte de vida que le conocemos, es lo que tiende a olvidarse y es por ello, es ella lo que tendría que ser rescatado en la memoria porque de lo contrario se olvida.
José Quintero en 1984 estuvo en Panamá, invitado por Ramón Arosemena, Director General del INAC. En el contexto de la memoria de esos días, cubrió talleres, conferencias, encuentros, charlas, en la Universidad de Panamá, en el Museo del Hombre Panameño "Reina Torres de Araúz", en el Teatro Nacional y en el Teatro en Círculo. Estos encuentros no eran solamente para los teatristas sino que se abrían a la participación de quien estuviese interesado en escucharlo. Lo extraordinario es que José Quintero no solamente habló de teatro: su sorpresa no excenta de alegría cuando se le dijo que "Largo Viaje de un Día hacia la Medianoche" y "Verano y Humo" se habían escenificado en Panamá o bien cuando explicó algunas de las escenas de algunas de las piezas que había escenificado en EU. También habló, y ese recuerdo esta más vivo ahora,: de su recorrido por las calles de San Felipe, de su visión del Mercado Público y de la gente cotidiana, ordinaria que veía.
"De esas gentes, hombres y mujeres, es que uno toma gestos, reacciones, maneras y formas de ver y de caminar", señaló a Roberto McKay cuando éste le preguntaba acerca de cómo encontraba el tiempo y la manera de actuación de los actores y de las actrices que habían estado con él. Aquí ese "ritmo interno" a que hacíamos mención. Roberto hacía referencias a Geraldine Page, a Jason Robards Jr., a George C. Scott, a Vivien Leight, a Federich March, a Pat Hingle, a Liv Ullman, a Colleen Dewhurst, y José Quintero, que los había dirigido a todos y a todas ellas y ellos, le dijo que lo hacía recordando, evocando esas mujeres y a esos hombres, anónimos, que en la calle, en Panamá y en otras partes del mundo, le "hablaban" de la vida sin que ello lo supiesen. "Copiándolos, haciendo que mis actores hiciesen lo mismo que ellos". El ser humano que en ese momento ya era estimado como el mejor director de Eugene O"Neill y que once años atrás había obtenido un "Tony" como director al llevar a escena una de las obras menos conocida del más ilustre dramaturgo en E.U.: "Una luna para el bastardo", aquí en Panamá, nos hablaba de cosas que nosotros mismos pasábamos por alto: la vida diaria.
Cuando nosotros le mencionamos que era él quien había creado el Teatro Estilo Arena al fundar en 195l el Circle in the Square (Greenwich Village, en 195l), como todo gran ser humano, aclaró que otros más, Theodore Mann, Emily Stevens, son los nombres que recuerdo ahora, merecían ese honor y que al mencionarlo solamente a él se cometía un acto de injusticia. Luego, en un aparte, ese día en el Museo del Hombre Panameño, ese ser humano con tantos galardones y reconocimientos a su favor, nos agradeció nuestros juicios, sonrojado, como si hubiesen sido esas palabras, los primeros elogios recibido.
De ese recorrido transitorio de la noche hacia la eternidad del día, dejamos testimonio hoy. De alguna manera, evocando en estas líneas a Nicholas Tsacrios, su compañero de vida y de sólido apoyo en las buenas y en las malas y a su entrañable hermana Carmen Rosa Quintero de Arosemena y a su esposo Ramón Arosemena, para quienes José todavía ronda por la casa. Ellos son de alguna manera los herederos de esa gloria y de esa vida que a manos llenas nos legara desde hace unos días, José Quintero y que tenemos con nosotros para toda la eternidad.