Variedades

El poder de la Empatía


Agosto es una época en la que pareciera que los temas de la guerra y la paz pendieran en el pesado aire estival, como el febril cantar de las cigarras. Este año, en particular, marcó el 60º aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial, que finalmente llegó a su término con la rendición del Japón el 15 de agosto de 1945.
¿Qué aprendió la humanidad de los catastróficos eventos de esos años y de las décadas posteriores? La continua realidad de la guerra, la matanza de humanos cuidadosamente planeada por sus congéneres, tienta a responder: muy poco. Ahora, como entonces, son las personas comunes especialmente las madres y los hijos que no son culpables de crimen alguno las más afectadas por los atroces sufrimientos físicos y mentales causados por la guerra.
Muchos de los jóvenes de mi generación fueron incitados por el gobierno militarista a marchar orgullosamente a la batalla y dar sus vidas. Las familias que quedaban eran alabadas por su sacrificio para proteger el frente del hogar y como "madres militares" un término que se consideraba como portador de un elevado honor. Pero, en realidad, qué devastador revuelo de dolor, penar y miseria se arremolinaba en lo profundo de sus corazones. El amor de una madre y la sabiduría, es demasiado grande para ser engañado por frases vacías tales como "por la causa de la nación".
Un incidente de ese entonces todavía mantengo vívido en mis recuerdos. Ocurrió temprano en una mañana de la primavera de 1945, después de una noche sin poder dormir cubriéndonos de las incursiones aéreas que, en esos momentos, eran acontecimientos frecuentes.
Al amanecer, unos cien aviones B-29 pasaron volando con dirección al horizonte oriental y me quede mirándolos.
Justo en ese momento alguien gritó: "¡Eh! ¿Qué es eso?". El soldado aterrizó en un campo que estaba a unos 200 ó 300 metros. De lo que escuché después, tan pronto como aterrizó, un grupo de personas corrió hacia él y comenzó a golpearlo con palos. Alguien también levantó una espada japonesa, amenazando con matarlo. Golpeado casi hasta perder el sentido, finalmente fue conducido por la policía militar, con los brazos atados a su espalda y los ojos vendados. Cuando regresé y le conté a mi madre lo que había ocurrido, ella dijo: "¡Qué espantoso! Su madre debe estar muy preocupada por él".
Mi madre era una mujer común, en muchos aspectos era el producto de una era en la que había nacido y crecido. Pero viendo retrospectivamente, me siento conmovido por su capacidad, como madre, para identificarse con los sufrimientos de otra madre una madre "enemiga" separada por miles de kilómetros de distancia física y por las altas paredes de la ideología política. Las mujeres son, desde mi punto de vista, pacificadoras naturales.
Cuando la guerra llegó a su fin, el 15 de agosto, había un generalizado sentimiento que finalmente lo inevitable había ocurrido, que la derrota, que se había hecho evidentemente finalmente había llegado.
Mi madre había expresado con frecuencia su disgusto por la guerra, su deseo de que terminara pronto. Recuerdo su diminuta figura mientras preparaba la cena esa noche, con una excitación casi infantil: "¡Qué claridad! ¡Ahora podemos mantener encendidas las luces!". Su mayor deseo era el retorno a salvo de sus cuatro hijos. En el transcurso de los dos años siguientes mis hermanos retornaron a casa, uno a uno. Todos retornaron, excepto mi hermano mayor, Kiichi. No habíamos tenido noticias de él desde que había salido de la China hacia el Sudeste de Asia.
Finalmente, el 30 de mayo de 1947, recibimos la noticia de la muerte de Kiichi en la forma de una carta. Ella nos dio la espalda, estremeciéndose por la pena. Uno de mis otros hermanos fue a recoger los restos cremados de Kiichi. Yo no pude soportar ver a mi madre cuando abrazaba la pequeña caja blanca que contenía todo lo que quedaba de su hijo mayor.
Seguramente ninguna era puede competir con el siglo XX en los términos de la cantidad de madres en todo el mundo que fueron forzadas a verter amargas lágrimas de dolor y pesar. Las mujeres y las madres son las mayores víctimas de la guerra las guerras las comenzaron virtualmente sin excepción los hombres.
Para terminar la institución humana de la guerra, para relegarla a la historia con otras prácticas bárbaras tales como la esclavitud -en su momento también considerada como una "parte de la naturaleza humana" natural e inevitable debemos establecer el respeto por la inviolable dignidad de la vida humana como la esencia de nuestra era. En lugar de apartarnos de la asombrosa escala y profundidad de la miseria causada por la guerra, debemos luchar por desarrollar nuestra capacidad para identificarnos y sentir los sufrimientos de los demás.


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212331
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América