Desde que nacemos nos incorporamos al sistema que quizás mayor impacto tiene sobre nosotros que cualquier otro en toda nuestra vida: nuestra familia. Aprendemos acerca de las relaciones y desarrollamos patrones de conductas que nos acompañan el resto de nuestras vidas con bases en experiencias de la niñez.
Los hábitos son patrones de sentimientos, acciones y resultados. Si bien esos patrones son en sí invisibles, sí podemos ver las conductas a las que dan lugar.
Las conductas y los hábitos los aprendemos por medio de dos procesos que a menudo operan juntos.
A través del llamado "reforzamiento" que puede ser continuo, permanente, positivo o negativo, que se da cuando se nos alaba o premia por hacer algo deseable o "bueno", así como por nuestros primeros intentos, por torpes que estos sean; también se nos puede castigar por ser "malos". El reforzamiento opera durante toda nuestra vida por logros tan fundamentales como lavar el auto, los platos, volver a casa a la hora prevista, meter un gol, entre otros.
El segundo proceso se llama "modelado de la conducta", cuando observamos el comportamiento de ciertas personas y lo copiamos. El modelado de la conducta también se inicia a una edad temprana y se basa en los ejemplos familiares de quienes nos rodean, parientes, hermanos, compañeros de clase, maestros y personajes ficticios.
Aún cuando a menudo nosotros los padres fijamos intencionalmente ejemplos para nuestros hijos, no es necesario que sepan que sirven de modelo. Como tampoco es necesario que alguien esté consciente de que está copiando el comportamiento de otra persona.
Sabía usted que casi todo lo que hacemos, hasta el 98 por ciento de ello, es resultado de hábitos, no de elecciones; por la sencilla razón de que los hábitos operan por fuera de la mente consciente, donde se hacen las elecciones.
Todo lo que hacemos en forma regular acaba convirtiéndose en un hábito; nos volvemos expertos en casi todo lo que practicamos.
Los hábitos son entes vivientes y como tal pelean a muerte por mantenerse con vida; es decir cuando practicamos un hábito automáticamente le infundimos vida.
No existen aisladamente uno de otros; son sistemáticos, forman patrones vinculados entre sí y esos patrones a menudo se unen para formar grandes conjuntos de sistemas.
Siendo niño es cuando vivimos las experiencias más tempranas y poderosas de nuestras vidas. Conocer los procesos y las consecuencias de esas experiencias de nuestra niñez es una gran ayuda para comprender al adulto en el que nos hemos convertido.
Familias sanas educan hijos sanos, les aportan ciertas experiencias esenciales. Estas experiencias o características familiares, constituyen un entorno positivo en cuanto a qué y cómo aprenden los niños y a los hábitos que van adquiriendo.
Larsen Ernnie y Goodstein Jeanette, nos hablan de los elementos esenciales que incluyen las experiencias de: previsibilidad positiva, donde el niño aprende a contar con amor, afecto y apoyo; saberse apreciado y digno de confianza, donde el niño siente que sí cuenta como miembro de la familia; compromiso duradero y caricias sanas, cuando el niño comprende que el compromiso y la estabilidad son aspectos importantes de sus vidas permanecer unidas, cuando las ven pedirse perdón y darse caricias como algo seguro y grado; solución de los conflictos sin violencia, las familias sanas toleran y encaran los conflictos, peros sin arrebatos ni violencia; el mundo como un lugar seguro para vivir, trabajar y jugar, el niño comprende que todo tiene su momento y lugar, que hay tiempo para jugar, pero también tiempo para trabajar.
Estas características no serán remedios mágicos que garanticen niños o familias perfectas, pero es indudable que de faltar éstas surgirán algunos problemas.
Hagamos un esfuerzo por crear ambientes positivos que den pie a que nuestros hijos aprendan y practiquen hábitos sanos y que se conviertan en adultos dichosos y productivos.