Así como las culebras, o como algunos de nosotros -los desafortunados que no nos bronceamos sino que nos quemamos cuando sus rayos nos alcanzan- aparentemente el Sol cambia de piel.
A esa conclusión llegaron los astrónomos al descubrir un hecho clave para entender el ciclo de 11 años de actividad solar.
Las manchas solares y las llamas de la superficie de nuestra estrella más cercana siguen un ciclo, pero las nubes de gas que expele, no.
Al parecer, explosiones como las que se han venido registrando recientemente llegan tras un período de máxima actividad de una mancha solar -aumentaron en 2002, dos años después de las manchas solares.
El gas expulsado se lleva consigo la vieja piel magnética del Sol, permitiendo que una nueva emerja al inicio de un nuevo ciclo.
El ciclo de 11 años de actividad del Sol -marcado por la aparición y desaparición de las manchas- es conocido desde 1843, cuando Heinrich Schwabe, un astrónomo alemán, notó el patrón.
Años más tarde, el astrónomo estadounidense George Ellery Hale entendió el origen magnético de la actividad pues pudo comprobar que las manchas solares eran intensamente magnéticas, en 1908.
Desde entonces, muchas teorías han tratado de explicar el ritmo solar.
La teoría más aceptada es que el ciclo de las manchas solares es una consecuencia de la rotación y convección interna del Sol.
El hecho de que las capas exteriores de la estrella burbujean y de que el Sol rota más rápido en su ecuador que en sus polos, y más rápido adentro que afuera, produce un dínamo solar que, en los 11 años, se carga más y más.
Por ello, en cierta fase del ciclo magnético, el Sol tiene que deshacerse de alguna manera de su vieja y retorcida piel magnética, para permitir que una más nueva y menos aporreada emerja.