Ellos tienen el don de procrear, acción que los obliga a abrir un buzón de responsabilidades como el empleado que firma un contrato de empleo con el jefe.
El tiempo pasa y la infinita jornada de trabajo de un padre se ve escasa. Su hijo ya creció y no necesita un maestro que le enseñe las vocales, un instructor de manejo ni mucho menos alguien que cure sus heridas.
Casi repentinamente, papá es una carga y la mayor solución sale a primer plano. ¿Cuántos hijos hay que dejan a sus padres en un asilo como si fuera éste un estacionamiento para carros usados?.
Es imposible devolverles las ganas de vivir, la mayoría de los padres que permanecen en un asilo carecen de afecto por parte de sus familiares y la tristeza los carcome y destruye.
Sin saber la noción del tiempo, Crescencio Cáceres se acerca para contar su historia, al tiempo que exclama inexplicablemente, "ahora estoy aquí viendo pasar el tiempo". A sus 45 años emprendió un viaje por mar desde Colombia (su país de origen) hacia Panamá, recorrido que le cambió la vida.
Entre la agricultura y el amor de una maravillosa mujer, Crescencio dejó atrás a los hijos que tuvo en Colombia y que un día le llenaron la vida de felicidad, tristezas y orgullo.
Luego de 25 años al lado de su esposa, la cual murió, la soledad invadió a Crescencio, quien desde el Asilo Bolívar desconoce si sus hijos están vivos o si alguno de ellos tiene conocimiento de que él está aún suspirando.
Muy por el contrario, la situación de Aquilino Villar es distante. Su ceguera lo hizo tomar la decisión de albergarse eternamente en el asilo, limitando el papel de sus hijos y demás familiares.
"Soy consciente de que soy una carga para ellos, generalmente un ciego es sentimental y para evitar situaciones difíciles, preferí venir al asilo", comentó Aquilino, quien además aclaró que sus familiares nunca lo han descuidado, a pesar de su desacuerdo.
Ambos ven pasar el tiempo y lo único que les queda es recordar que "su contrato de padre terminó"...