El dulce olor que emana de la combustión de la mezcla de picadura de tabaco con melaza de fresa o manzana ya no es exclusivo de los cafetines de El Cairo y en toda la ciudad se ha vuelto poner de moda el viejo rito de la pipa de agua.
Aunque los auténticos adeptos nunca abandonaron la narguile, o "sisah", como aquí se llama, en los últimos años su uso se ha generalizado entre cairotas y turistas ávidos de experiencias orientales de las "Mil y una noches".
Al caer la tarde, el aroma de las "sishas" se extiende por las terrazas a la orilla del Nilo, cafés tradicionales, hoteles de lujo y restaurantes de moda, donde mujeres, hombres, jóvenes y viejos se "fuman" las noches pegados a su pipa.
Las mujeres llegan a decir que es incluso una conquista social femenina en un país eminentemente machista, donde su uso era hasta hace poco prerrogativa exclusiva masculina.
Los jóvenes de buena familia también se han enganchado a la tradición, y chicos y chicas vestidos con los últimos modelos de Armani o Calvin Klein acuden por las noches a "sishear" a los sitios de moda, como "Bent El Sultan", o el "Grand Café".
Hasta los islamistas alaban que en las reuniones sociales se fumen pipas de agua en lugar de beber alcohol, prohibido por la religión musulmana.
La prensa local afirma que la resurrección de la tradicional narguile, que llegó a Egipto hace unos 300 años desde la India, Irán y Turquía, se produjo cuando, hace varios años, comenzó a ofrecerse como algo típico en los vestíbulos de los hoteles para turistas.
Desde allí se extendió a otros lugares preferidos por los extranjeros que visitan El Cairo, como el cafetín de Fishawi, en el medieval bazar cairota del Jan el Jalili, en el que se inspiró para varias de sus obras el Premio Nobel de Literatura Naguib Mahfuz.
"Sin la sisha, Egipto dejaría de ser Egipto", dice el actual propietario del famoso local, Dia Fishawi, de 37 años, nieto del fundador, mientras preparaba cuidadosamente una de ellas.
A los clientes ya se las ofrecen listas para fumar, pero para Fishawi es una labor personal y cuidadosa en la que primero hay que conseguir una buena mezcla del tabaco picado y la melaza, que se deposita en la boca de metal de la pipa, sobre la que arderá un trozo de carbón vegetal, preferentemente de la rama de un limonero.
Al agua del vaso de cristal, que con el característico borboteo refrescará el humo antes de ser inhalado por el fumador, se le pueden añadir trozos de fruta o aceite de rosas, que también se paladean.
Saad El-Jawanky, que es uno de los más conocidos artesanos de pipas de El Cairo y sin embargo no fuma, señala que "el éxito me viene de haber aprendido el oficio desde mi bisabuelo y de lo contentos que se quedan los clientes".
Critica abiertamente la calidad del producto que normalmente se vende a los turistas a precios abusivos y presume de su producción artesanal y de que él mismo o sus empleados nunca venden una pipa sin haberla probado.
También él ha notado en el negocio el auge de la "sisah" y afirma que durante este año ha duplicado la producción y llega a vender hasta 50 de ellas por semana.
Los únicos que parecen no estar de acuerdo con la nueva moda son los médicos, que han advertido de los riesgos que entraña para la salud, y de que crea la misma adicción que cualquier otro tipo de tabaco.