La tarde del lunes 28, Mayo Hassán comenzó a pintar un cuadro. En realidad no empezó ese día. Es el segundo boceto del cuadro. El primero no lo pudo continuar porque la tela no la prepararon bien. Está muy lisa y la pintura se corre.
Luego de hablar de la tela, que lleva encima una capa de pintura con pegamento "resistol", mira el río que pasa en la parte de atrás de su casa. El agua es chocolate, pero no está tan sucia como otros días, señala. La corriente es sonora y baja entre una canal de concreto que se va reduciendo de ambos extremos de las casas. En la cerca hay guineos que Mayo pone a las iguanas que aparecen a visitarlo.
Lo antes descrito se ve desde el caballete donde tiene la nueva tela del cuadro: tres mujeres flacas, con las manos ocupadas. A un lado tiene el carrito con las pinturas, son muchas y los frascos tienen forma de cremas para la piel. Hay de varias marcas. "Yo nunca he comprado de esas pinturas caras que usan algunos pintores por ahí. El que pinta, pinta hasta con pintura de lata", dice.
Los pinceles no son nuevos. Tampoco invierte gran fortuna en estos instrumentos. Los tiene en un recipiente que recuerda los lapiceros de los estudiantes. Sentado sobre un taburete, busca un pincel y corre la pintura que ha colocado en la parte superior de la tela. Es un azul, la base del cielo.
Manchado.
Esto lo hace sin cuidar los detalles ni las líneas del dibujo. En la parte inferior, también usa un marrón para el manchado. La tela está sujeta a un marco que puede servir para colgarla. Este borde también lo pinta. Este cuadro no tiene la vertical de su obra anterior, que le ha dado buenos resultados con los turistas porque son fáciles de guardar entre la ropa de la maleta y están pintados sobre tela y cartón.
Las partes de la obra van tomando vida, color y volumen. Son tres mujeres empolleradas con los ojos cerrados.
El motivo por el que Mayo se mantiene pintando mujeres en polleras es porque idealiza el campo con mujeres delgadas que tengan los ojos cerrados al resto de la población, de la capital, que se transforman por seguir una corriente foránea.
Estas mujeres no envejecen ni envejecerán a pesar de los 27 años que lleva Mayo pintándolas. "El que envejece soy yo", dice.
Son coloridas como el paisaje de la pintura naive, que se fundamenta en la gama de colores y en los espacios muy coloridos.
Muchas obras.
Las paredes están completamente cubiertas de obras de muchos artistas. Entre esta fauna de color sobresalen algunas polleras suyas, que silenciosamente comparten espacio con otras temáticas. Aquí abundan los formatos, las técnicas, las formas, fue así como encontramos un letrero que dice: "en esta casa vive un pintor".
Urgencias.
Con la pintura sobre el caballete, Mayo sale de casa. Sale a visitar a una amiga de una galería de arte. Luego de una llamada que atendió, regresa con una sonrisa, para contar que es una persona con suerte. Dice que lo que le ocurrió hoy le ha ocurrido varias veces. Cuando llama a la dueña de la galería para pedirle un vale, alguien compra una pintura suya y entonces ya no hay vale. Esto lo atribuye a que sus pinturas son muy atractivas para los turistas que pasan por la galería que está en un hotel.
El recuerda que todo empezó casi sin darse cuenta. Lo primero que hizo fue plumilla. En ese tiempo, cuando terminaba una, la llevaba a enmarcar. La dueña de la galería le dijo que por qué no exponía, y le recomendó que hiciera una veintena. Las hizo y la misma noche de la exposición las vendió todas. Luego, también por sugerencia de los clientes, que le pidieron que les pusiera color a las polleras, arrancó en la pintura.
Hace cuenta de las actividades que tendría que hacer antes del miércoles, puesto que el jueves viajaría a Chitré, al congreso de la Asociación de Artistas Plásticos, donde cada miembro tiene que llevar una obra, la de él tiene que buscarla en la galería del hotel. Y si la dueña la ha vendido, tendrá que terminar esta en un tiempo récord, ningún agremiado podrá ir con las manos vacías.