"Porque Dios quiere" está el Padre Tomás Arbizú desarrollando una labor de gran proyección social en Kankintú, provincia de Bocas del Toro. Allí llegó hace 24 años procedente de Pamplona, Navarra, España.
Tan así es esto "porque Dios quiere", que créanlo o no, con todo y que en Kankintú hay 80% de la población con Hepatitis A o B y algunos con ambos tipos de Hepatitis, el padre, que convive con esta gente diariamente, come con ellos y trabajan juntos no se ha contagiado. Con el sentido del humor que le es propio, se ríe y lo atribuye a que: "Es que Dios, a lo mejor, aún no tiene reemplazo para mí y entonces piensa que a éste mejor lo dejo allí todavía".
"Siempre, desde pequeño, había tenido ganas de ir a misiones, a lugares difíciles, a ayudar a la gente más necesitada", dice.
DIRECTO A KANKINTU
En España fue durante 10 años docente. Pero, sus ansias de ser voluntario se acrecentaron y finalmente logró venir como voluntario a Kankintú el 13 de agosto de 1975. "No conocí ni la capital, fui directamente a Kankintú". Ya los Ngobes Buglés adoptaron al Padre Arbizú. No lo sienten un extraño. El les ha demostrado de mil maneras que ellos le importan. Y ellos también le quieren. Su estancia en la comunidad ha sido factor decisivo para el desarrollo de ésta.
La Prelatura Apostólica de Bocas del Toro se creó en 1963. Desde entonces la Orden de los Agustinos Recoletos ha estado presente allí. El Rvdo. Arbizú sabía que el reto era grande, pero se aventuró. No se arrepiente. "No sabía con qué me iba a encontrar. No buscaba ninguna riqueza mundana. Quería llegar al hombre como tal, a los marginados del progreso, educación, salud...".
EMPEZAR, OTRA VEZ
El asunto es que las cosas no fueron fáciles al principio. De hecho nunca lo han sido. Y, allí, precisamente en enfrentar las barreras y superarlas estriba la grandeza de los hombres y se manifiesta el poder supremo de Dios. "Yo tenía otra cultura y venía a otra cultura. Tenía que desembarazarme de todo mi bagaje cultural. Tuve que prescindir de todo lo que yo había aprendido. Tuve que empezar a aprender de ellos. Tenía dos alternativas enseñarles español o aprender la lengua de ellos. Hice lo segundo". Era la mejor decisión para llegar más fácilmente a ellos, que vivían en esa zona de difícil acceso, en condiciones de pobreza, sumamente primitivos e intentar ayudarles a solucionar sus problemas.
LA PRIMERA LECCION
Fue así como el padre Arbizú trabajó con ellos en diversos proyectos: granjas de gallinas, de conejos, de vacas. Les enseñó a cultivar, las artesanías, la promoción de la mujer. Al principio con todo y el recelo que sentían por él, que venía de afuera, las cosas caminaron.
"No comían carne. Les dije, "vamos a criar pollos". No producían huevos y se produjeron. No tenían maíz para alimentar los pollos y se compró maíz y después se sembró maíz. A cada gallina se le calificaba cada día según si ponía o no ponía, tenía su señal".
Pero, bien pronto el entusiasmo de ellos decayó y no había constancia. Por otro lado, según dice el Padre Arbizú, "en esas culturas tan pobres existe una cualidad y es que todos necesitan lo que tú tienes. No sasben lo que es compartir. No entendían por qué tenían que compartir con otros lo que a ellos les había costado esfuerzo. Y su conclusión era: "si voy a trabajar y tengo que darle a otros que no trabajan, entonces no trabajo2. Además, el único medio de locomoción es un bote y la gasolina era cara, por lo tanto, el mantenimiento de los proyectos era caro. Por un tiempo soportamos el peso de la granja". Luego, los proyectos se fueron al piso. Y, "con mucha pena dentro del corazón y lástima por la gente tuvimos que cerrar la granja, que había sido una granja modelo".
"Es que no tenían formación. Y ellos querían hacerlo, pero no habían asimilado el cómo hacerlo. Y es que no había sido asimialdo por la gente. Les había traído un montaje de España. Lo veíamos como obvio, tan evidente, tan claro para nosotros, pero no nos dimos cuenta de que no estaban preparados para eso. Habíamos hecho un plan sin contar con la gente".
La lección que esta situación le enseñó al Padre Tomás Arbizú, porque, vaya si la vida es la mejor escuela, fue que a la gente para que logre cambios, para que adopte actitudes "hay que hablarles en su idioma". Esto en els entido real y mirándolo desde el punto de vista de que hay que llegarle de tal manera que se le involucre, que se les consulte, que sean parte de la solución de sus problemas, verdaderos agentes de cambio social y no meros espectadores o "convidados de piedra".
Ahora las instalaciones que cerraron las ponen al servicio de la gente y le brindan asesoría. De esta forma, han desarrollado proyectos avícolas, dictado cursos sobre cría de conejos, siembra, en fin. Organizaciones, escuelas agrícolas les piden asesoría o que les faciliten las instalaciones para charlas o proyectos. Así fue como lo hizo la Escuela Agroténica de Venezuela.
EMPATIA
Para trabajar con la gente, hay que querer a la gente. Y, para querer a las personas hay que conocerlas y conocerlas involucra aceptarlas con sus virtudes y sus defectos. Y tener auténtico interés de ayudarlas a mejorar integralmente. El Padre Arbizú lo expresa en otros términos: "Sólo se puede entender desde el pnto de vista que uno está en un sitio y también come, habla, reza y sufre con la gente". Agrega que: "Lo importante es estar allí. Me ha tomado 24 años estar allí y no me pesan".
LA FUERZA DEL AMOR
Hay hermosas anécdotas que revelan el cambio que se produjo en la relación del Padre Arbizú con la comunidad de Kankintú. "Yo llegué con barba y me di cuenta que los niños se asustaban. Me encontraban los niños y me huían. Me la quité". Después, con el tiempo, "yo me alegré un día cuando unos niños me vinieron a buscar y estaban asustados, me estaban señalando hacia el otro lado del río Cricamola, donde había unos latinos y me agarraban de la mano y me decía que había unos "chiu", que es el término con que ellos denominan a los extranjeros. Y me percaté de que ya mi vida había cambiado. Me estaba integrando. Yo era un "chui", pero no me sentían como "chui". Era un extraño pero para ellos no, porque ya me habían adoptado".
Reafirmó esto de que "cuando hay amor todo se ve bien". Le preguntamos, entonces, ¿por qué tanta gente renuncia a amar y prefiere el odio o la indiferencia?. "Porque", respondió, "el amor cuesta mucho. El amor a veces causa dolor porque hay que dar mucho. Para amar hay que dar, no hay que buscar el que te den a ti y cuando tú das muchas veces te quedas sin nada. Hay veces que tú das tanto amor que te quedas vacío. Jesucristo amó tanto a la humanidad que dio su vida por ella. Para ser cristiano uno de los requisitos principales es amar al prójimo como a ti mismo. Ser cristiano no es de un rato. No es asunto de recibir un sacramento, sino de aceptar el mandato de amor".
Con el Padre Tomás Arbizúk dialogamos por buen rato, acerca del libro que publicó sobre los Ngobes Buglés, de sus experiencias en dicha comunidad por más de dos décadas, acerca de cómo el amor y solidaridad produjeron una transformación en Kankintú, de por qué hay que preservar las tradiciones y ayudar a los pueblos indígenas a salvaguardar este gran tesoro que es su cultura. Sobre la importancia de entender a la gente, del poder de la voluntad de cambio, de cómo han trabajado hombro a hombro para hacer de esa comunidad una comunidad modelo del papel de la organización en la agenda diaria de las personas. Estas reflexiones unas y vivencias otras, del Padre Arbizú las compartiremos con ustedes en otra edición de EDAD DE ORO.