ROBERT Woodward entró a la sala de conferencias del Departamento de Estado de Estados Unidos, y con él, un aura de gloria, de triunfos, de figura imponente, dentro de su humildad.
Sonreía una y otra vez ante los flashes de las cámaras fotográficas. Estaba ante 185 periodistas de todo el mundo que querían conocer al ícono del periodismo de investigación.
El caso Watergate, de espionaje con equipos electrónicos a la sede de los demócratas en plena campaña presidencial en 1972, le costó la presidencia en 1974 al mismísimo Richard Nixon, un republicano que al final tuvo que aceptar su participación en el ilícito. Watergate es el nombre del edificio de la sede de los demócratas.
Y este periodista, que junto a Carl Bernstein descubrió con su investigación semejante escándalo, ahora se disponía a conversar con sus colegas -mejor sería decir admiradores- sobre la situación del periodismo en su país.
Antes de que llegara a la sala, alguien le dio un soplo al grupo de 14 periodistas latinos que lo esperábamos. "Afuera está Bob Woodward, aprovéchenlo", dijo. Nadie se hizo de rogar. Al minuto estuvo a nuestra disposición, fotografiándose, aunque se mostró parco al hablar. Lo llamaron y entró a la sala.
Minutos después, era presentado. Dos premios Pulitzer (uno de ellos por la publicación del caso Watergate), nueve libros escritos, dos de los cuales ocuparon los primeros lugares en ventas, y como si fuera poco, director asociado del Washington Post, uno de los periódicos más influyentes del mundo. Esa es su hoja de vida. ¡Menudo currículum!
Cuando habló, lo hizo más como diplomático o como escritor, que como periodista, aunque confesó que para su último libro sobre la guerra de Irak, entrevistó por tres horas y media al presidente George Bush, durante las cuales le formuló unas 500 preguntas.
Según Woodward, realmente el presidente cree que es deber de Estados Unidos liberar a los pueblos. No tiene vergüenza de decirlo, añadió.
La guerra de Irak provoca una convergencia, porque hay una guerra allá, pero también en Estados Unidos, argumentó el premio Pulitzer, que admitió que hay un componente importante en la guerra, que es el idealismo, especialmente luego de los sucesos del 11 de septiembre de 2001.
De ahí, que cuando comenzaron los combates no había fuertes pruebas de que había armas de destrucción masiva en Irak.
"Es difícil comprobar la ausencia de algo", explicó Woodward. "En periodismo tenemos que informar lo que está pasando, pero no hay quien lo diga", se lamentó.
Ahora bien, también dijo una gran verdad: "El periodista debe ir más allá del escepticismo. Hay que analizar las consecuencias de la guerra, porque entablar una guerra define a un país".
En este punto de su conversación, advirtió que ni el gobierno, ni los periodistas hicieron nada. Al parecer, allí jugó su papel el idealismo del que habla el padre del periodismo de investigación.
También se refirió al progenitor del mandatario y ex presidente, George Bush. Aseguró que le preguntó al hijo si había pedido consejo a su papá y tardó ocho minutos en responder.
Lo cierto es que no le preguntó a Collin Powell, ex secretario de Estado, quien le había advertido sobre las consecuencias de una guerra contra Irak, ni a Donald Rumsfeld, ex secretario de Defensa, como tampoco fue asesorado por el padre.
Al respecto, Woodward se limitó a decir que "el presidente que cree que sabe lo que piensan los demás, está equivocado".
Así, se pasó el tiempo, raudo y demasiado veloz. Al concluir, volvió el periodista a robarse el show y tuvo que afrontar con estoicismo, una nueva andanada de flashes. Luego salió con rapidez.
Pero, ¿saben qué? En ese momento esta periodista sintió que le faltaba algo por saber, algo que iba más allá de Irak o de cualquier guerra.
Justamente en el 2005 murió el hombre que fue la fuente de la pareja de periodistas del Washington Post: William Mark Felt, en aquel entonces el sub director del FBI. A él le llamaron Garganta Profunda, parodiando a una película pornográfica de principios de los 70.
Jamás fue revelada la fuente que guiaba los profesionales de la pluma en su investigación, hasta que el propio Felt hizo público que él era.
Por tanto, tomé de la mano al intérprete y corrí tras Woodward. Cuando lo alcancé, ya iba de mal humor. Daba la impresión de que quería huir. De hecho, estaba casi saliendo del edificio.
En ese momento le espeté la pregunta: ¿Qué sintió usted cuando "Garganta profunda" habló antes de morir?
Una sonrisa apareció en su rostro cuando dijo: "una gran alegría, porque eso le daba veracidad a mi historia".
Esta periodista también sonrió.
Encuentro con un ícono del periodismo moderno
Entre cientos de comunicadores, una panameña se abrió paso para conocer a "Bob" Woodward.