Todavía era muy temprano en mi juventud, cuando visité a Juan Sánchez y su familia en Los Asientos de Ocú. No se me olvida que fue Olimpo Sáez quien nos invitó a unos cuantos estudiantes de la Facultad de Derecho, por entonces preocupados en combatir la dictadura torrijista y sus aliados norteños.
De manera que la visita a Juan Sánchez no fue como muchas otras, en otras partes del país. Más que una visita de recreación veraniega, ahora lo veo claro, fue una peregrinación inconsciente a una de las mecas sagradas de nuestra nacionalidad.
Allí conocí al artista mejoranero, sacerdote guardián de ancestrales constumbres, grandioso, increíble por su talento músico, desprovisto de pulimentación academicista, incontaminado por mixturas extranjerizantes, dueño de su guitarra bocona, dueño de sus registros, dueño de sus arpegios, dueño de esas ejecuciones vírgenes que sólo encuentran sus iguales en otros espíritus puros.
Aparte de la hospitalidad que nos deparó su familia humilde, Juan Sánchez nos deleitó con un fino sueste que todavía resuena prógidamente con cumbias y nos sirvió los torrentes más conocidos... nos inundó celestialmente el alma, almas acostumbradas a la protesta callejera, a la tribuna encendida, a la lucha idealista zozobrosa, a la rebeldía sana.
Bebimos de esa fuente nacionalista en casa del mejoranero, aquella tarde del mes de marzo; y no se por qué, tuve sospechas de que sus aguas no eran tan mansas, y me pareció que en ellas también sobrenadaba algo de rebeldía.
Es la rebeldía de los Juan Sánchez en todo el país, resistentes a permitir sones profanos infeccionen el gusto de nuestra juventudes; rebeldía a la incultura disfrazada de música moderna; rebeldía a la comercialización indiscriminada que todo lo contabiliza en busca de ganancias; rebeldía a la estridencia rimada; rebeldía a lo grosero y antiespiritual.
Juan Sánchez acaba de remontar otros espacios, seguramente más perfeccionados, porque su cuerpo nonogenario se negó a seguir encubriendo tanta grandeza artística. Pensé, al escuchar la noticia de su deceso, que las escuelas de música de nuestras universidades le dedicarían resoluciones. Pensé que el Patronato del Festival de la Mejorana dictaría a los medios de comunicación social su profundo sentir ante la partida de un incansable tañedor del instrumento autóctono y que lo mismo harían el Patronato de la Feria de San Sebastián de Ocú y del Manito de Ocú. Pensé que otros grupos, otros escritores más autorizados que yo, le darían la despedida, como público ejemplo a la niñez y la juventud de la Patria. Si alguien lo hizo, no me enteré. Lo mismo ocurrió con Román Aizpurúa de Las Minas cuya tumba ni siquiera tenía una cruz que la identificara, un día en que la visitamos.
Me gustaría retornar a los recintos de aquel santuario en Los Asientos de Ocú, más que para cumplir con la fórmula social de un irremediable pésame, para reverenciar con mi presencia de hoy, esa mejorana que Juan Sánchez regañaba y acariciaba, con tal de arrancarle notas capaces de estremecer los cerros y los caminos, los montes y las quebradas, los trillos y los senderos de la Comarca de Los Manitos.