La escritura como mecanismo aprendido y como concreción del pensamiento refleja no sólo la intención de quien, con un elevado grado de conciencia, la ejerce y la practica en cualquier ámbito como un modo más de hablarles a otros, sino que es capaz de darles forma a mundos imaginarios en los que las leyes que rigen son autónomas, y por tanto creíbles.
Berna Pérez de Burrell, crítica de literatura y catedrática universitaria, acaba de incursionar en la literatura novelesca panameña con una obra que cautiva, sobrecoge, emociona y motiva a un lector seducible por la escritura alejada del facilismo, de la alineación y del artepurismo que busca la perfección de la forma, pero descuida la importancia del mensaje y las implicaciones semánticas y semióticas que se desprenden de todo texto, por breve que sea.
La envidia es color de arsénico representa no sólo un simbolismo muy bien logrado acerca de un sentimiento perverso y dañino, sino que se adentra en otros mundos paralelos, donde el miedo, la falta de certeza sobre lo que somos, de dónde venimos y hacia dónde vamos, corroen nuestra mente y nuestro espíritu y nos hacen padecer una especie de amnesia que nos mantiene despersonalizados, carentes de identidad y de memoria, como le ocurre a José Pérez, el protagonista, que representa no sólo al panameño despreocupado de situaciones culturales, filosóficas o metafísicas que para él, no vienen a cuento, sino al ser humano en general, que vive cautivo de sí mismo y que poco a poco va anidando en su ser sentimientos tan oscuros como el de la envidia.
Con un lenguaje que se adecua al carácter de cada uno de los personajes, la novela representa un logro narrativo en el que las técnicas y los modos de decir mantienen la atención del lector de principio a fin, siempre con el trasfondo detestivesco, policiaco que caracteriza a toda obra en la que hay una y mil interrogantes.
Especialista en mitología y en leyendas y narraciones de carácter popular, la autora nos guía a través de una trama sencilla y complicada a la vez, porque la obra adquiere, como valor agregado, e indirectamente, una visión mítica, que incluye no solo la mitología egipcia, griega, hebrea e hindú, sino la variopinta creencia popular panameña, en la que el mito de la Tulivieja aparece como una referencia literaria dentro de la narración.
Obligado a estar siempre aguzado, o en plan de investigador y explorador del conocimiento, el lector de La envidia es color de arsénico sacará provecho de una narración que huele a humanidad por lo que de inherente tiene la envidia con los seres humanos. Pero además, nos traslada a los inicios de la alquimia, de los brujos y hechiceros y nos ilustra, valiéndose de la ficción que no deja nunca de tener su referente en la realidad, acerca de una leyenda judía de raigambre bíblica y medieval como es el gólem, y que será el eje central de un texto que no deja de tener implicaciones religiosas, metafísicas acerca de la creación y la alegórica insinuación acerca de nuestro libre albedrío y la verdadera voluntad de la que disponemos.
La envidia es color de arsénico es un constante intertexto de la literatura universal y panameña, en el que Isis Tejeira y su mujer que paría papeles, Tristán Solarte y su Rafael satanizado, Ricardo Miró y Rogelio Sinán, aparecen junto a Borges y su Aleph, Cervantes y el Quijote, Saramago y su Jesucristo desdeificado y la metamorfosis de Kafka, que se entrelazan con las reflexiones metaliterarias sobre la literatura misma de un personaje como Athanasius Rabin de Melog, hombre culto, conocedor de la literatura y de los pensamientos porque él es el demiurgo, el dios que ha creado al gólem (Melog al revés).
José Pérez, por su parte, es el gólem creado, el desmemoriado que llega a sospechar de su acompañante para luego darse cuenta de que es creación de Rabín y que (muy pese a su simpleza de humano amnésico) desea ser como el creador, parodia de lo que el ser humano en general, consciente o inconscientemente, llega a sentir de su creador, tratando de imitarlo y de superarlo, como da muestra la literatura bíblica misma desde los tiempos de Babel.
Y como en la leyenda referente de Juda Löw (Jehuda Löw ben Becael, en el texto), en el que el creador destruye a su gólem, que se ha tornado incontrolable, asimismo Rabín de Melog destruirá al José Pérez, altanero, soez, procaz, machista, impasible, inseguro, y envidioso.
Este hecho, por simple y ficcional que parezca, plantea una interrogante de profundas connotaciones religiosas en el plano universal, pero sobre todo en el cristiano, en relación con lo que hará el demiurgo judeocristiano con un ser hecho a su imagen que ahora clona, conquista el espacio, practica la eutanasia, la distanasia, la eugenesia y busca afanosamente la fuente de la eterna juventud, en una muestra fehaciente de que ahora el gólem empieza a escaparse de las manos.
No en vano, en la obra aparecen las alusiones al Dr. Frankenstein y a su creación incontrolable que terminó aniquilándolo.