Variedades

Flasch sin palabras


La luz puede devorar un instante en la noche y ser noticia en la imagen que capta el flasch, cuya prisa es precisamente devorar el gesto, perpetuarlo.
El flasch puede ser una luz de bengala lanzada sobre el rostro una y otra vez, para salvarlo del anoninato o sepultarlo en la luminosidad para que nadie lo vea.
El hecho tal vez sea real como el escenario, donde la lengua panameña convoca todas las realezas, porque la palabra es trono, cuando la poesía es el callado mensaje de los dioses.
Esa fue la sensación que sentí, cuando una cámara intentó llevar algo de fama sobre el anonimato mantenido por largas décadas, porque para ser noticia, se requiere algo más que llevar una desordenada corbata y desde un podium hablar de poesía o de la vida y obra, de algún gran poeta, por ejemplo.
El flash se repitió, como es habitual, o un poco más allá de las tres veces rituales con que se cree alcanzar una fotografía. Nunca vi el rostro de quien escopeteaba luces, ni como llegó ante mí, ni cuando se apartó, y sólo supe del final, cuando se apagó el reflector que disparaba una y otra vez, con esa sensación inexplicable del fusilamiento.
Quedé perplejo, y se apoderó de mi un extraño presentimiento, de quien es ametrallado por el fogonazo implacable de la luz arrojada a diestra y siniestra.
La voz continuó con el mensaje y el escenario permaneció fijo, inmóvil, sólo la voz, algunos gestos y la atención que adquiere cierta solemnidad en ocasiones y se mantiene precisa en los asientos.
Había atención sacra, me comentó un asistente, porque ahí estaba presente la palabra mistraliana, firme cordillera de la poesía continental.
Alguien debió pensar que el conferenciante o algún generoso mecenas de los instantes, pagaron al fotógrafo, cuya disposición escenográfica tuvo algo de la cinematografía de hace más de un siglo.
Todo estaba preparado, y se trató de algún truco publicitario, sin duda, pudo pensar alguien y el propio fotografiado como un baratillo o un incendio a la espera de algún jugoso seguro.
Difícil tarea la de atrapar el gesto, la imagen, el movimiento, el rostro, las huellas insustituibles del ojo en el presente o lo que pretende el fotógrafo con su cámara o lo que se le encargó para la ocasión.
Me imagino que el fotógrafo parte de la idea, y se la repite mil veces, que una fotografía vale un millón de palabras, cuando ella, expresa todo lo que se quiere decir y algo más que la fugacidad de las imágenes.
Retiene en la película, el positivo y negativo de la vida, la prueba eficaz del tiempo pasado, memoria en un futuro, la alquimia que nos permite revivir el recuerdo.
Ansel Adams, un fotógrafo norteamericano que retrató magistralmente la naturaleza en el siglo XX, decía que a través de la cámara fotográfica sacaba su propio espíritu, la belleza y la excitación que buscaba frente a la imagen.
Nada más ni nada menos, que el milagro de la luz sobre las sombras, matices y texturas, el capricho también de los gestos y de la propia naturaleza.
No siempre resulta victoriosa la imagen y se consigue el triunfo del paparazzi, cuyo largo lente rompe con la intimidad y deja ver a la luz de lo público, lo que ningún otro ojo ha palpado antes.
ES LA FOTO DE EXCEPCION Y VALE POR LO PROHIBIDO
Así nació la Dolce Vita, del extraordinario monstruo de la cinematografía mundial, Federico Fellini, quien creó el personaje y lo bautizó como Paparazzo en la notable película en 1960. Paparazzo, en homenaje a un condiscípulo de Fellini, hoy Paparazzi, fue el fotógrafo italiano Tazio Secchiaroli, en quien se inspiró Fellini. Viajaba en una Vespa (motoneta), con una cámara Rolleiflex y un flasch de lámpara. Lo demás era el fotoperiodismo espectáculo, que nacía en la Vía Veneto, Roma, donde se paseaban artistas, aristócratas, hombres y mujeres famosos. Eran inmortalizados en la verdadera vida real, más allá de la filmación ficticia del cine. Seccharolli había creado en 1958 un nuevo oficio: el flasch sin palabras.


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42080
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América