Existe la antigua creencia de que los hombres son activos y las mujeres, pasivas. A esto se suma la opinión de la psicología moderna según la cual, con el fin de no debilitar la masculinidad, las mujeres tienen que ser pasivas. Todo esto ha creado gran confusión y dificultades. En psicoterapia es frecuente que las mujeres pasen mucho más tiempo hablando "de dar" que los hombres. Se hacen preguntas como: ¿doy lo suficiente? ¿puedo dar lo suficiente? ¿por qué no doy lo suficiente? Esta irreflexión tiene que ver con la llamada "pasividad femenina".
A menudo las mujeres sienten profundos temores acerca de lo que esto significa para ellas. Se perturban si sienten que no están predispuestas a dar más de lo que puedan. El temor a dejar de dar y sus consecuencias son demasiado angustiosos, en contraste con el hombre, que siente que dar es una cuestión primordial en sus esfuerzos por alcanzar su identidad. Los hombres se preocupan mucho más por hacer y por actuar, es la imagen correcta que quieren o desean proyectar ante la sociedad. Esta respuesta es indudablemente un lujo que sólo se les permite después de haber cumplido los requisitos básicos de su masculinidad. Creo que muchos hombres anhelan, evidentemente, darse. Más aún, conozco adolescentes masculinos que ansían ser útiles a los demás, pero el detalle del asunto está, en que no encuentran la forma de hacerlo y, que contribuya a su sentido de identidad personal.
Esta distribución asimétrica de las posibilidades humanas de darse conduce a muchas complicaciones. Un ejemplo importante ocurre en el ámbito sexual - personal. En el caso de las mujeres, éstas aún sienten profundamente que están dándole algo al hombre al tener relaciones sexuales con ellos. Por ejemplo, Virginia una joven de 36 años con la que he conversado y cuyo comportamiento sexual podía parecer indiferente, experimentaba estos sentimientos. En desproporción con su pareja que sentía que había logrado "hacer" algo por ella, o bien que había "obtenido" algo de ella.
Para las mujeres jóvenes como Virginia, esta interpretación ampliamente defendida de la sexualidad como una forma de dar, tiene diversos aspectos intrincados. El enfoque de nuestro personaje, fue uno de los muchos factores que sirvió para opacar el pleno reconocimiento y un tratamiento sincero de sus deseos en el plano sexual. Como bien se sabe, existe un largo desarrollo histórico en esa actitud y todavía nos acompañan los problemas que este pensamiento genera. La cuestión consiste en que la mayoría de las mujeres todavía no pueden embarcarse en relaciones sexuales prescindiendo de la sensación de que -fundamentalmente- se están entregando a la otra persona. Pero, ¿no es así? De hecho, en las relaciones sexuales cada una de las personas se da a la otra en un sentido básico. No podría ser de otra manera. Esta es una verdad evidente y durante mucho tiempo es el pensamiento de algunos hombres respecto al sexo.
Es interesante observar que las nuevas formas de terapia de las disfunciones sexuales se centran simultáneamente en dar y en asumir la responsabilidad del propio placer. En otras palabras, que cada persona no sólo tiene que reconocer su papel de donante, sino también aceptar su papel de receptor/a del placer. Los entendidos actuales atribuyen la disfunción a una errónea preocupación en el desempeño y no por el placer sexual. Con frecuencia esta preocupación ha desviado a los hombres en su desarrollo de la capacidad de permitir lo natural del placer y también la capacidad de percibir de dar placer como un aporte esencial de la respuesta sexual. Lamentablemente, en los últimos tiempos muchas mujeres se han quedado atrapadas en la visión masculina del sexo como un accionar y nada más.
Cuando el hombre y la mujer sólo juegan al rol de donantes en este aspecto, ocasiona problemas de índole afectivo - emocional. Sienten que su pareja exige demasiado, la cual les duele. A menudo ni siquiera reconocen en primera instancia el hecho de que esto es causa de un problema en el manejo de sus actitudes referente al sexo. Hasta han llegado a pensar que como humanos tienen que responder siempre y de todas las maneras. No se permiten hacer un alto abiertamente a las demandas de su pareja o al menos dar pequeños pasos con el propósito de poner un límite a las exigencias de la contraparte. Esta falta de decisión o el resistirse al dominio de una parte de sus vidas, ya sea por temor, origina complicaciones psicológicas y síntomas somáticos. Tales síntomas somáticos, a menudo son formas indirectas de expresar, entre otras cosas: "No puedo seguir dando pero no me siento autorizada a dejar de hacerlo", como nos expresó Virginia en alguna ocasión.
Evidentemente, las mujeres necesitan permitirse recibir abiertamente, tanto como ofrecerse. En la actualidad se encuentran en una posición singular para integrar el hecho de ofrecer y de recibir en una forma más recíproca. Hasta ahora, esta situación ha impedido que los hombres se involucren al hecho de dar con una característica fundamental de su propia imagen. Pero mientras esto sucede las mujeres deben actuar sin temor aunque se les tilde de egoístas.
Es importante destacar que, en la relación tradicional, los hombres dan, muchas veces de manera limitada. Así, ambos sexos se han visto privados de la posibilidad de crecer como personas que tienen la experiencia de darse entre iguales, y de comprender que esas formas recíprocas de dar son posibles y pueden realzar el desarrollo de todos por el bien de todos y sobre todo, por el bien de la sociedad.
Pregunta: Mi marido, debido a sus múltiples obligaciones laborales, llega cansado a casa. Al tener relaciones amorosas lo hace con tal indiferencia y premura que me siento dominada por su actitud. ¿Es esto normal?
Respuesta: En general, los apuros y la impaciencia no son buenos aliados para disfrutar de unas relaciones amorosas normales, especialmente para la mujer, cuya respuesta es más lenta que la del hombre. Converse con él y no le demuestre temor. Exprésele su inquietud. Debe hacerlo lo más pronto posible, porque a la larga puede ocasionar algún trastorno difícil de superar.
Pregunta: Amo a mi esposa por sobre todas las cosas. Pero, no me siento con la libertad suficiente como para hacerla comprender que en una relación amorosa los dos debemos responder con igualdad de afecto. Ella actúa con pasividad muchas veces. ¿Qué sucede?
Respuesta: La falta de inhibiciones en la pareja produce una mayor libertad y facilita una mayor y mejor comunicación, de forma que es más fácil proponer nuevas ideas o hablar sin ningún tipo de cortapisas de lo que gusta más. Préstele atención al lenguaje del cuerpo y así le será más fácil conseguir una relación más plena.
(*)Psicóloga y sexólogagemiliani@cwpanama.net