Cuando las personas desaparecen físicamente, emociones encontradas y reflexiones profundas sobre ellas surgen dentro de quienes fueron influenciados por su accionar en este mundo. Tanto más si se trata de los seres queridos, como en el caso de Doña Celinda, madre de Don Luis H. Moreno, Jr., a quien él con las siguientes emotivas palabras dijo un hasta luego el 30 de marzo del presente año.
A continuación, lo que el corazón le dictó a "Don Lucho", que le dijera a su madre en tan especial e inolvidable ocasión:
A momentos solemnes como éste, hemos concurrido para despedir, con pesar, a caros amigos y familiares. Hemos venido, a exaltar sus méritos, su valor, y a desbordar nuestra tristeza.
¡Cómo dejar de hacerlo en esta ocasión tan dolorosa, con el corazón transido y la palabra hecha lágrima! ¡Cómo podríamos mis hermanas, mis hermanos y yo, sus muchos nietos, bisnietos y familiares, dejar de rendir este poster tributo público, para destacar las cualidades de nuestra madre, para reiterarle nuestro inmenso e incondicional amor, para cantarle nuestro orgullo con devoción, y agradecerle, ante todos sus amigos, nuestros amigos, por lo que recibimos de ella, por lo que somos, por lo que tenemos, por lo que sembró, con ternura y afán, en lo más profundo de nuestro ser!
Doña Celinda: la dama distinguida y formal, la amiga cariñosa y leal, cuya sencillez y bondad tejieron lazos indisolubles e imperecederos con causas nobles y con gente buena. "¿Como puedes tú, le inquiríamos sus hijos cerca de sus noventa años, concurrir tan asiduamente, junto con tus compañeras más jóvenes del Asilo Bolívar, a acicalar a las viejitas todas las semanas? "Yo tengo, nos respondía con convicción, más de cincuenta hijos, hijas, nietos, bisnietos y bisnietas, además de familiares y amigos que me visitan a diario con afecto. Muchos de los viejitos del Asilo a nadie tienen; se sienten solos y tal vez abandonados. Tras las trenzas que les peino, tras las uñas que les hago, tras los regalos que les llevo, está mi compañía, está el amor que tanto necesitan".
Por eso sus amigas de la asociación protectora del Asilo, la distinguieron como su Presidenta Honoraria. Por eso, por su espíritu de entrega, venía todas las semanas, a coser para los pobres, al guardarropa del Santuario Nacional; a aprovechar, para otros, los talentos de que habla el Evangelio. Por eso asistía regularmente a la Federación de Mujeres Católicas, a fortalecer, en ella y en otros, la fe y los principios cristianos.
Doña Celinda, la penonomeña cultivada, la de constantes lecturas piadosas y literarias, la aficionada de la ópera y el teatro.
La maestra Celindita, que de la escuela rural, y de la mano de su vocación y dedicación docentes, escaló a la Dirección de la Escuela Simeón conte de Penonomé y a la de Justo Arosemena de la Capital. "Mamá, le conté un día, al saber que era tu hijo, uno de tus cientos de alumnos de primer grado, me pidio te saludara en nombre de Jorgito, un hombre bueno, reconocido profesional de la mecánica". Calló unos minutos, entornó los ojos, buscó en sulista del alma, de maestra cabal, y sin titubeos me dijo: ese debe ser Jorgito Morán, de San Antonio, mi discípulo de hace más de cincuenta años. No había defraudado la expectativa de don Jorge. Y es que para la maestra Celindita, sus alumnos también eran sus hijos, en cuyo corazón sembraba al estilo del Maestro.
Doña Celinda, la madre abnegada, la que, tras ingentes y maternales sacrificios sin par, tras servir sin quejas ni reclamos, dentro de su edificante humildad, como cocinera, modista, lavandera, aplanchadora, tutora, tejedora de ilusiones, forjadora de voluntades, consejera y guía de sus hijos, de las manos de estos, dio dos veces la vuelta al mundo y más: conquistó con amor nuestra filial entrega.
Celinda, así, llanamente, totalmente, para su compañero que alumbraría con seis halagos raigales a esta moderna Comelia, de virtud inmarchitable. Celinda, la excelente bordadora de montunos y polleras, que lució en ruedas de tambor de orden, con garbo y alegría, de la mano del severo santeño, bailador ale stilo de Penonomé, que un día le robó el corazón, y que hoy, vueltos a encontrar en los balcones celestiales, aún no se lo devuelve.
Mamaila, la abuela y bisabuela, todo dulzura, consentimiento y deliciosa complicidad. ¡Cómo te vamos a extrañar!
Mamá, todos los que hemos venido a despedirte te queremos, te admiramos, te respetamos. Damos gracias a Dios por habernos permitido gozarte por noventa y tres años fructíferos. Por eso, tus hijos, tus nietos y bisnietos agradecemos profundamente la presencia, la compañía reconfortante y bondadosa, de quienes han venido a compartir con nosotros esta hora de aflicción. Especialmente, la de este coro de su pueblo, ramillete de amigas, discípulas y familiares que han venido tan generosamente hasta aquí, para entonar sus piadosas melodías, que tanfeliz la hicieron siempre. Ni para ellos ni para nosotros te has ido de nuestro lado. Seguirás creciendo en amor dentro de nosotros, y desde el más allá, juntop a don Horacio, junto a don Lacho, a Papalacho, velarás porque la unión familiar que nos sembraron no desaparezca, mientras uno necesite del otro, o haya algo bueno que podamos hacer en nombre suyo.
Hasta luego, mamaila.