Variedades

Hay que aprender a levantarse, después de varias caídas

Recuerdo bien mi primer día en la escuela de cocina y todos los sentimientos que en ese momento me acompañaban, una mezcla de entusiasmo, nervios, alegría y miedo.


Nicole Puello / nicolepuello@gmail.com
Recuerdo bien mi primer día en la escuela de cocina y todos los sentimientos que en ese momento me acompañaban, una mezcla de entusiasmo, nervios, alegría y miedo.  De mi grupo yo era probablemente una de las pocas que no contaba con ninguna experiencia en el mundo profesional de la cocina.
 Mientras muchos de ellos ya sabían al monstruo  que se enfrentaban, yo en ese momento no tenía idea del reto que me esperaba. Tal era mi poco conocimiento de aquel mundo que hasta con las uñas pintadas de fucsia me presenté ese primer día a la clase, por supuesto mis profesores rápidamente entregaron un frasco de acetona y algodones y claramente y frente a todos, me dejaron saber que en cocina cualquier chef que se respetaba no llevaba las uñas pintadas (por el tema de higiene y seguridad alimenticia) y que esa probablemente sería la última vez en mucho tiempo en que las vería así.
Hasta ese momento cocinar para mi normalmente consistía en colocar una radio en mi cocina con música a todo volumen y algunas veces abrir una copa de vino mientras preparaba. Era mi momento de completo relajamiento y diversión.
 Normalmente si mirabas la cocina, encontrarías montañas de ollas sucias al final de la faena. Yo me tomaba mi tiempo y con muchísima calma y sin ningún apuro preparaba mis platillos, ya que el concepto de rapidez y eficiencia al cocinar eran completamente ajenos para mí.
Luego vino el choque con la realidad, y vaya que fue duro, cuando tienes un profesor respirando al lado de tu oreja y clavándote la mirada par hacerte saber sin decir una palabra que estás demorando demasiado o que tu estación de cocina está sucia y que debes ir limpiando mientras cocinas para evitar acumular trastes, tus nervios te pueden traicionar, y a mí me lo hicieron muchas veces durante ese periodo.
De ser la joven confiada en la cocina que había llegado sonriente ese primer día a la clase, pasé a cometer mil errores y a dejar de intentar muchas cosas por temor a equivocarme, especialmente por tener tantos compañeros a mi alrededor que eran tan hábiles y experimentados en comparación a mí.
A la mitad de curso, uno de mis profesores en una evaluación incluso me preguntó si yo estaba segura de querer estar ahí, devastada me fui a casa a llorar.
Pero la vida tiene maneras de poner frente a uno en el momento preciso y las cosas que justamente se necesitan, y ese fin de semana llegó a mis manos un libro que me obsequió  un primo que vivía cerca en Seattle, el libro contenía pequeñas historias escritas por los más prestigiosos y famosos chefs de Estados Unidos y relataba sus peores desastres, accidentes y errores cometidos en  cocinas y como triunfantes habían salido de pie después de cometerlos.
 Ese libro cambió mi vida, y a partir de ese momento entendí que las equivocaciones inevitablemente iban a pasar, que sí, iba a cometer muchos errores una y otra vez y otra vez.  Que los seguiría cometiendo el resto de mi vida, pero que ellos me enseñarían, forjarían mi carácter y me llenarían de experiencia y conocimientos para convertirme en una mejor profesional. Ese día aprendí a caer y levantarme, y mi vida nunca ha sido igual.


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Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América