Ese día, el buceo comenzó bien: vamos bien armados, cámara submarina en mano, en busca de corales blandos, budiones y cardúmenes de alevines que parecen aguardarnos escondidos en las grutas coralinas. Así es el buceo a la deriva, el que se realiza a merced de la corriente, prácticamente sin el menor esfuerzo de pataleo. Basta con zigzaguear de boomies en boomies (las papas de coral, como les llaman los australianos), para vivir una serie de inusitados descubrimientos y fascinantes emociones.
A 15 metros, al final de una playa de arena blanca, se yergue un castillo de coral casi hasta la superficie; un castillo en el que reposan cuatro baldosas extrañas tan delgadas que parecen la hoja de un cuchillo; la más gruesa sobrepasa los 2.50 metros de envergadura y su misteriosa presencia termina por manifestarse de manera más clara: el borde gris se levanta ligeramente y se mueve como una ola que se precipita sobre los arrecifes, revelando un fondo de terciopelo color crema. Un grupo de rayas se esconde en la oscuridad de una cueva. Todas parecen adormiladas, no se han percatado de nuestra presencia; a la primera exhalación de aire después de una larga apnea que nos ha llevado a menos de cuatro metros de estos animales, una pequeña nube de arena se levanta en la gruta. Una cría de raya de sólo algunos decímetros de envergadura, color gris claro, surge de la nada y se agita con frenesí, despertando pronto a la pequeña tribu. Después de algunos segundos de observación, la flotilla avanza a un ritmo lento que favorece a los grandes veleros coralinos. En un solo y efímero encuentro se puede hallar resumida toda a generosidad del fondo submarino. Bienvenidos a la isla Heron.
EN EL TROPICO DE CAPRICORNIO
Muchos buzos sudamericanos consideran que Australia es inaccesible debido a los costos y la distancia, ya que desembarcar en Sidney para bucear en el gran arrecife es como aterrizar en México después de 12 horas de vuelo para ir a bucear a Guatemala. Las distancias son inmersas y los gastos, inevitablemente altos. Sin embargo, si hacemos bien los cálculos, el destino resulta ser tan accesible como cualquier otro punto de la zona Indo-Pacífica. Esta isla también tiene la fama de ser el reino de los apneistas, así como de los turistas que no forzosamente tienen que ser profesionales del buceo. Por ello, vale la pena desplazarse a esas 17 hectáreas de ensueño localizadas en el Trópico de Capricornio.
En todos los hoteles y complejos turísticos, cuando llega el momento desafortunado de pedir el equipo, se acostumbra proporcionar al entusiasta visitante, con cierto desdén las más de las veces, un par de aletas demasiado estrechas, un esnórquel con la punta masticada y un visor al que se le cuela el agua. El apneista principiante se limitará la mayor parte del tiempo a chapotear enfrente del hotel, a lo largo del canal de aguas residuales, único rincón que aún no invaden los bañistas. Con actitud soñadora y el visor puesto, puede ver pasar el bote que traslada a los "verdaderos" buzos, los que llevan tanques, hacia los idílicos parajes que sueña conocer algún día.
¿APNEA O TANQUE?
En la isla Heron encontramos una tienda de artículos de buceo, un local muy cómodo surtido con todo lo necesario para bucear. Diez instructores están siempre dispuestos desde la mañana hasta la noche y están encargados de organizar todos los tipos de buceo, de dar cursos a los principiantes, de atender la boutique de accesorios de buceo, de administrar todo el material rentado, de organizar las iniciaciones gratuitas de apnea y las de buceo en escafandra (que también son gratuitas), de organizar los buceos nocturnos cotidianos y, sobre todo, de realizar todos los tipos de apnea, porque los sitios submarinos son utilizados de la misma manera, y si por lo general dos botes son suficientes para asegurar los dos buceos cotidianos, hay hasta cinco botes para asegurar el buceo con esnórquel.
A las 9 de la mañana se practica el buceo; a las 11, apnea; a las 14, buceo; a las 16, apnea y, a las 19, buceo nocturno.
Para cumplir estas tareas, tal vez ingratas, todos los instructores se turnan con frecuencia. Se reserva el buceo para los más experimentados, mientras a los demás les toca la responsabilidad de llenar los tanques y dirigir la apnea. Para este fin, los mejores instructores se encargan de los apneistas, por muy modestos o principiantes que sean, y los llevan a los lugares más reputados de este enorme arrecife de la Gran Barrera. Tampoco se trata de lanzar al agua a quien sea o como sea. El instructor organiza cada grupo y explica a los principiantes lo que deben hacer para desenvolverse en las mejores condiciones posibles; a los de más experiencia se les dan lecciones en las que pueden aprender qué es un lirio de mar o cómo se distingue un coral blanco de uno rígido.
Por último, si los buzos libres forman parte del grupo que desciende de 10 a 15 metros, también tendrán derecho a una preparación y a vigilancia. Algunos de ellos, como el cubano Francisco Ferreras "Pipín", quizá se aburrirán rápidamente de fondos tan poco profundos, pero el esfuerzos es loable y la seriedad con que se trata a todos los apneistas merece nuestro respeto. Por otro lado, no es raro que el buzo de las 9 de la mañana acuda a las 11 con su compañero que apenas está chapoteando en un metro de agua. Dentro de unos días, el compañero en cuestión se familiariza con esta actividad y toma la decisión de reunirse con el más experimentado para bucear con escafandra. Ante tal organización, no queda más que aplaudir, hay que reconocer que, en la isla Heron, la promoción de los deportes submarinos es una tarea constante. Es verdad que los buzos australianos tiene un sentido tan agudo de la preservación de su patrimonio natural que en la Gran Bretaña dan siempre la impresión no de ser simples profesionales que cumplen con sus 39 horas, sino asiduos prosélitos.
LA ISLA DE LAS TORTUGAS
Literalmente, la isla Heron nació en 1943: el mundo vivía en guerra, mientras que allá ya se pensaba en el "ambiente". El parque que ha caracterizado al archipiélago al sur de la Gran Bretaña de Coral fue creado en esa fecha, y un pequeño hotel fundado en 1947 trasformaba el agua del mar en agua dulce (y evacuaba escrupulosamente sus desechos en tierra), antes de convertirse en el moderno complejo que es hoy.
Además, los australianos fueron la salvación de las grandes tortugas marinas que llegan a poner sus huevos sobre esta pequeña playa perdida a más de dos hora de la costa continental. Su protección surgió de manera espontánea y fue organizada muy rápidamente. Los universitarios y científicos de Queensland no tardaron mucho en involucrarse en la observación de ese fenómeno natural. Hoy en día, más de 400 tortugas gigantes llegan a desovar cinco o seis veces por año, algunas bajo estricta vigilancia, pero también a la vista de turistas valientes que se atreven a pasar la noche afuera, con el fin de observar cómo estos animales antidiluvianos llegan a la playa, cavan hasta el agotamiento, desovan a veces pero, también, cómo se marchan sin ninguna explicación, tal vez perturbadas por esos ojos escrutadores o por algún fenómeno de marea o de luna cuyo sentido escapa al entendimiento de los humanos.
Por supuesto, toda luz (antorchas o flash) está estrictamente prohibida y las largas veladas se pasan casi en la oscuridad total. En la mañana, los buzos cruzan a menudo la ruta de esos enormes mastodontes que pesan más de 100 kilogramos y que sobrepasan el metro de longitud. Por otra parte, estos emocionantes encuentros permiten darse cuenta de lo raro que son las tortugas de esta región, pues no son anilladas.
Para los defensores incondicionales de los quelonios, el mes ideal para la observación del desove es enero (época en que las mareas son más fuertes en la Gran Barrera) y, para el nacimiento, marzo. A decir verdad, se puede observar a estas tortugas casi todo el año excepto, parece ser, durante el breve invierno austral, es decir, julio y agosto.
CORALES BLANDOS, CORALES LOCOS
Para los buzos acostumbrados a los sitios más ricos, no estaría completa la mención de los encantos submarinos de la isla Heron si omitiéramos la extraordinaria riqueza de la fauna marina fija: corales clásicos, pero también corales falsos, como los alciones multicolores. Entre ellos, es difícil no mencionar la gran familia de los Dendronephtia, esos corales blancos que parecen bordados.
Dentro de la gran variedad de corales duros, resulta imposible no toparse, a cada pataleo, a metros cúbicos de los "cuernos de venado", con Acropora de un tamaño insólito. El calificativo "grande" le queda bastante bien a esta barrera de 2,500 kilómetros de largo, en la que uno de los más extraordinarios florones es la isla Heron, puesto que todo parece ser ahí de grandes dimensiones: rayas, tortugas, corales, budiones o nudibranquios.
Es, por supuesto, durante la noche cuando los fondos exhiben todo su colorido y los aficionados a las macrofotografías ven colmadas sus expectativas. El buceo se desarrolla en una profundidad de 5 a 15 metros y aquí es donde ocurren los encuentros más amplios. Los pequeños organismos son los que provocarán más entusiasmo: nudibranquios multicolores, corales en forma de pipa y esponjas encostradas, sin contar a los peces de los arrecifes, sorprendidos mientras dormitan.
TURISMO Y AMBIENTE
¿La isla Heron es el paraíso de los buzos o apneistas? Los australianos han ganado la apuesta de lograr que cohabiten la vida tan variada de un parque natural, concentrado en sólo 17 hectáreas, y un complejo turístico que funciona a la perfección, que alberga cotidianamente a 109 empleados y 230 visitantes y que tiene un centro de buceo capaz de recibir a 120 buzos por día. Se trata de una experiencia ejemplar que demuestra que, cuando reina una estricta disciplina, no hay necesidad de crear una reserva integral para lograr la convivencia armoniosa entre los animales y los turistas.
Si desea aprovechar al máximo esta isla única de la Gran Barrera de Coral, no es necesario preparar el equipaje, ya que aquí encontrará todo lo necesario para disfrutar de este fabuloso paraíso marino. ¡Vamos!