El mundo se ha volcado con Noruega. Tras varios días del atentado que dejó 76 víctimas fatales, Dinamarca ha querido rendir su particular homenaje a las víctimas celebrando un servicio religioso en la catedral de Vor Frue Kirke, en Copenhague.
Hasta allí se desplazó la reina Margarita y los príncipes daneses, Federico y Mary, quienes de riguroso negro, fueron los encargados de presidir el acto, oficiado por el obispo de la capital danesa, Peter Skov-Jakobsen, quien pronunció un emotivo discurso, al igual que el primer ministro danés, Lars Løkke Rasmussen.
Con el recuerdo de las 76 víctimas en la memoria, la princesa Mary, que junto a su marido ocuparon las primeras filas en el interior del templo, no pudo reprimir las lágrimas y fueron muchas las ocasiones en las que pudimos verla secárselas una y otra vez con una de sus manos. Y es que este brutal atentado ha sido, sin lugar a dudas, la mayor tragedia nacional de la historia de Noruega, una nación privilegiada que gozaba de una envidiable paz.
Calificado como una masacre, el doble atentado perpetrado en Oslo y en la isla de Utoya, a 30 kilómetros de la capital, no dejó indiferente a nadie, llegando incluso a tocar personalmente a la familia real noruega, debido a que la princesa Mette-Marit perdía en la matanza de Utoya a su hermanastro Trond Berntsen, un policía de 51 años, quien murió cuando trataba de proteger a su hijo.
El miércoles se conoció la identidad de la primera víctima extranjera, una mujer danesa de 43 años, Hanne Balch Fjalestad.