Variedades

Huellas del león con mallas

No sé si llegue algún día a primer bailarín, por lo pronto me mantengo bailando todos los días.


Uno no debería hablar en voz alta. Y menos cuando se trata de las cosas que uno no haría, ni por todo el dinero del mundo. Cuando vine a Panamá en el 2000, lo último que quería era ser bailarín de danza. Ocho años más tarde, soy uno de los siete integrantes del Ballet Nacional de Panamá.

Puede decirse que lo que me alejaba en principio de la danza era el estereotipo que le cae a estos bailarines. Ese que ya ustedes saben, que todos son... porque tienen que bailar con ropa ajustada y en puntas de los pies. Yo quería bailar hip hop o lo que fuese. Quería entrar en el mundo artístico. Fue así como llegó el día cero. Ayudando en la carpintería a mi padre, que había sido contratado por el primer bailarín Víctor Corrales Fernández para adecuar un piso en una academia de ballet, mi padre le habló al Víctor que yo quería ser bailarín.

Fue así como entré en la danza. El profesor Víctor me invitó a una presentación del Ballet Nacional en el Teatro Nacional. Esa noche me empecé a interesar por la danza. Luego fui becado por él para asistir a sus clases, pero cuando se fue al extranjero me dijo que fuera a la Escuela de Ballet, aunque fuera a tomar la barra -eso era a bailar alrededor de la barra de madera que tienen las escuelas y no en el centro donde bailan los que saben-.

 

Cuando salí de Perú pensaba que los panameños eran de piel oscura nomás. Así lo creíamos los peruanos que nunca habíamos visto a personas panameñas. Cuando bajé del avión, me llevé la primera sorpresa. Dejaba atrás mi natal Trujillo, una ciudad a ocho horas en bus de la capital peruana, Lima. No me sentía nada mal por haber sido exonerado del servicio militar obligatorio, y eso gracias a que estudiaba artes en un instituto técnico que tenía convenio con el Estado.

Nostalgia.
Allá se quedó un teatro muy bonito, que nunca pude pisar como bailarín, pero, si todo mejora, puede que en un corto plazo pueda regresar por lo alto. Hablando de teatros, la primera vez que vi el Teatro Nacional me quedé hechizado. Jule León, tú tienes que bailar aquí, pensé.

Fue difícil.
No pegaba una como dicen acá. Tres años después sentí que sí, que ya podía dominar los giros y los saltos grandes. Me aferraba a esto, porque pensaba que todo dependía de mí y de los consejos de los maestros de la escuela. La primera que me pagó fue Raiza Gutiérrez. Hice papeles de gato y príncipe en el evento de fin de curso de su academia.

 

Ahora es mi trabajo. El primer cheque que me pagaron por ser miembro del Ballet Nacional del INAC lo gasté para pagar la abogada. Además de cumplir con las horas de ensayo hasta la 1:30 p.m., la tarde la paso en escuelas privadas, y cuando me queda tiempo, ayudo a coser a mi hermana, que también fue bailarina pero ya no baila.

Contratiempos.
Antes de salir hay que revisar los elementos del vestuario, para cuando suene la pista salir como una bala. Una vez olvidé una malla blanca. Le dije al compañero: tan pronto terminas sales y me pasas la malla. Lo logré. Pude salir con la malla mía y la prestada cuando inició la pista.

No es lo mismo bailar con orquesta en vivo que con pista. Cuando ensayamos con disco, nos aprendemos el mínimo cambio. Sin embargo, cuando estamos con orquesta y ésta no tiene todos los instrumentos, esto hace que el sonido sea distinto y nos causa... por eso siempre que bailamos con orquesta, tenemos que ensayar días antes y así nomás nos quitamos ese dolor de cabeza.

 

Mi casa reducida.
Por eso, los ensayos que puedo hacer son limitados. Unos minutos a ejercicios de estiramiento y para fortalecer las piernas. Este baile requiere de buena condición física. Aunque no vaya al gimnasio, hay que hacer ciertos movimientos, sobre todo, cuando se baila con una bailarina que haya regresado de vacaciones, tiempo que ellas aprovechan para comer alguito más.

Desconocido.
Cualquiera de nosotros sale a la calle y nadie lo reconoce. Nadie dice ahí va el bailarín. En cambio, ven pasar a los que participan de esos programas de música y quedan buscando papel para que le escriban una firma. Con esto no digo que estoy celoso de ellos, no, sólo que creo que no es justo. En Cuba sí que se toman en serio el ballet. Y los bailarines dan mucho porque no les falta nada.

Antes me ponía triste cuando nos hacían ensayar meses y cuando llegaba el día del evento, nos cancelaban porque no había fondos. Ahora, si ensayamos, bailamos. Ahora me voy, tengo que entregar este par de zapatos a una compañera. Son duraderos, para unas semanas. Siempre se rompen en la punta o se quiebran en la mitad, donde hacen el arco.


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396927
Fecha y hora de publicación

101 años de Panamá América

 
101 años Panamá América