En cierta ocasión, el ministro del Interior francés acudió al despacho del presidente de la República, el general Charles de Gaulle, a denunciar al filósofo Jean Paul Sartre que estaba dedicado a agitar al estudiantado a la violencia callejera en Paris en vísperas de las famosos jornadas de mayo de 1968.
El orgulloso lider fue tajante en su rechazó de la sugerencia del ministro que proponía detener o, por lo menos, denunciar públicamente al autor de "El existencialismo es un humanismo" así como de muchas obras literarias.
"Monsieur Sartre est aussi la France,"(El señor Sartre también es la Francia) sentenció de Gaulle en su habitual tono imperativo y allí termino la conversacion. También se le escuchó compararlo con Voltaire, el philosophe del Siglo de las Luces, para explicar porque no podía ordenar su detención.
Una vez más, de Gaulle, un convencido propulsor de "la gloria que es Francia", estuvo acertado, según el filósofo, ensayista y cineasta, Bernard Henri-Levy que acaba de publicar en Francia un grueso libro llamado "Le siecle de Sartre"(el siglo de Sartre).
El libro esta dedicado a demostrar, según su autor, que "existen hombres siglo y que un hombre siglo es aquel en el que convergen todas las fuerzas, todas las intensidades de una época; un eje secreto; un imán", y que Sartre es uno de esos hombres.
Sin embargo en un mundo en el que prevalece el materialismo, el más reciente de los exponentes de la filosofia existencial, no sorprende la broma despectiva que rondaba por los cafés de la Rue Parnasse que dice que "si se reunieran todos los sartrologos, sartrofilos, sartrianoss, sartrolatras, sartristas y sartrisantes cabrian en un taxi".
Cierto que popularmente hoy lo que más se recuerda de Sartre es con quien se acostaba y como intercambiaba las amantes con su brillante esposa, Simone de Beauvoir o la decadencia física de sus últimos anos, como si nunca hubiera escrito.
"Sus libros, sus textos, han sido olvidados por una opinión pública que quiere recordarle como el hombre que se equivocaba siempre, es decir, como estalinista, leninista, maoista o defensor de Pol-Pot y los Bader Meinhoff", escribe Octavi Marti desde Paris para El Siglo de Madrid.
En la capital francesa, los tres principales semanarios, Le Novuel Observateur, Le Point y L"Evenement du jeudi la semana pasada dedicaron sendas portadas a Sartre.
El Observateur para hablar de "el fin de un eclipse"; Le Point para insistir en "la pasion por el error", y L"Evenement para preguntarse "que hay de nuevo?".
Dice Marti: "El despliegue trasciende la mera operación publicitaria. Para muchos esta claro que ese tópico por el que Satre se equivocaba siempre parte de quienes no soportan su pasado y hallan en la mirada bizca de Sartre el chivo expiatorio de juveniles entusiasmos izquierdistas. La verdad es que Sartre, en un mundo dividido en dos bloques, eligio el del Este, pero lo hizo sabiendo que no optaba por el paraíso, sino por algo parecido a un campo de trabajos forzados. Daba igual, prefería eso que un Oeste imperialista, que vivía de las colonias".
También recuerda que Satre, nacido en 1905 en París, estudia junto con algunos que serian sus grandes críticos, Raymond Aron, Maurice Merleau-Ponty y Paul Nizan, saliendo con el número 1 de su promoción y Simone de Beauvoir con el numero 2.
Durante un año, entre 1933 y 1934, cuando ya se asomaba el nazismo, vive en Berlín y en 1938 publica La Nausea, la primera novela que alcanzo gran éxito. En 1941, habiendo sido prisionero un año, publica su teoría existencialista en El ser y la nada, y da rienda suelta a su gran talento como autor teatral con Las Moscas seguido por Las Manos sucias. El Vaticano le puso en el índice en 1948, año en que se pronuncia favorable a la independencia de Argenila. En 1964 rechaza el Premio Nobel.
En un ensayo que acompaña la nota de Marti en El Pais, el filosofo español Fernando Savater sentencia: "Pese al tiempo ya transcurrido desde la muerte de Jean Paul Satre