Falta aún una definición sociocultural del conjunto de actividades que serían específicas de los ancianos y en cuyo desempeño éstos podrían percibirse útiles y conseguir reconocimiento social. De existir tales definiciones, ellas habrían contrarrestado los contenidos negativos de la ideología del "viejismo" y habrían influido positivamente en la percepción social de los ancianos y en su propia autoestima.
La ausencia de estas definiciones entraba, sin duda, el cumplimiento de la autorrealización de los viejos. La falta de tareas especificadas culturalmente conlleva la dificultad de saber en qué concentrar los esfuerzos y en qué volcarse de modo de actualizar las propias potencialidades.
Desde esta perspectiva se asume que, junto con envejecer, la sociedad restringe la posibilidad de los viejos a actuar en el "gran teatro del mundo", excluyéndolos del reparto y dejándolos sin un libreto que les diga qué hacer. Por consiguiente, cada individuo debe crearse un personaje e improvisar una actuación. Esto es muy grave ya que la condición de viejo posee la propiedad de ser un rol básico, en torno al cual se configuran los otros roles que tiene un invididuo y resulta clave, tanto para la percepción social, como para la autoestima de quienes están en esa condición.
Como las actividades de los viejos en la sociedad no han sido resueltas a nivel sociocultural, éstas deben ser definidas por cada individuo en forma personal. Cada anciano debe buscar qué hacer, debe crearse una rutina compuesta de tareas que pueden ser más o menos valiosas para él, pero sin tener ninguna garantía de que ellas serán reconocidas socialmente. La dificultad para llevar esto a cabo hace que sólo unos pocos lo logren y que muchos otros deban resignarse al estrecho mundo de las cuatro paredes del hogar, donde viven un transcurrir sin anhelos, sin entusiasmos, sin horizontes.
Se puede conjeturar que la falta de definición de un rol social para el anciano, también incide en la dificultad de los individuos para darle un sentido pleno a la vida durante la vejez, ya que parte del sentido de la vida se obtiene, precisamente, al cumplir el rol básico asignado por la sociedad. Mientras el rol de niño es jugar y estudiar, mientras el rol de adulto -al decir de Freud-, es trabajar y amar o constituir una familia, el rol del anciano es aún algo indefinido. Si esta indefinición se conjuga con el retiro forzoso del trabajo, vemos lo negativo que resulta desde el punto de vista del individuo.
A modo de conclusión, puede afirmarse que, gran parte de las penurias físicas, económicas y sicosociales que acompañan el envejecer, no son atribuibles a la edad por sí misma, sino que son producto de la forma de cómo está estructurada la sociedad. Son las características de la sociedad recién descritas las que: hacen difícil el satisfacer sus necesidades, les restringen las oportunidades de desarrollar sus potencialidades, y les coartan la iniciativa y la posibilidad de vivir una vida plena.
(Fuente: Tiempo Nuevo para el Adulto Mayor-Enfoque Interdisciplinario-Editor Científico Pedro Paulo Marín)