Cerraremos el tema de las casas-museos con las de Pablo Neruda. Hay placas en Madrid y París. En Madrid, en el barrio de Argüelles; el poeta recuerda su casa en su libro España en el corazón: (prosa)
"Mi casa la llamaban la casa de las flores,
por todos lados estallaban geranios;
te acuerdas Rafael
¿te acuerdas Federico debajo de la tierra?".
En París la placa se encuentra en el edificio de la Embajada de Chile, en donde vivió en los años que fue el embajador de su país.
Pero la que nosotros conocimos cuando la habitaba el poeta fue la de Chile, en la ladera del Centro San Cristóbal, "La Chascona", en donde vivía con Matilde, la musa de Los Versos del Capitán.
Poco tiempo después de llegar a Chile a iniciar nuestros estudios universitarios el joven poeta chileno Efraín Barquero, a quien Neruda estimaba y distinguía, nos llevó a conocer a nuestro admirado Pablo Neruda. Teníamos 19 años y no de los poemas publicados en un librito de reciente edición estaba decicado al poeta, como testimonio, más de devoción que de admiración. Es más escogimos chile para nuestros estudios universitarios porque nos brindaba la oportunidad de conocer a Neruda, y a su país llegamos en 1956.
La visita a la casa de Neruda no sólo despertaba en nosotros la emoción de conocer al mundialmente famoso poeta, sino también cruzar una zona marcada como peligrosa, pues era una casa vigilada por la policía política chilena. Neruda recién había vuelto a Chile de manera condicional, ya que tuvo que huir de la persecución declarada por Gabriel González Videla contra los comunistas, y en especial contra él, después que el poeta leyó su famoso "Yo acuso" (como Zolá) en la cámara alta chilena de la que era senador.
Llegamos a la casa, en compañía del también joven poeta (ahora famoso) Jorge Tellier, a "la hora del once", merienda que con religiosa puntualidad toman los chilenos entre las seis y siete de la tarde. La puerta de la calle la habrían después de asegurarse que se trataba de amigos esperados, y una vez adentro comenzaban las escaleras, que eran varias, pues la vivienda estaba casi que incrustada en la ladera del Cerro San Cristóbal, por lo que la casa tenía varios niveles. El constructor de la casa trabajó con las indicaciones del propio Neruda, pues él se reservaba el derecho a diseñarlas. La de Isla Negra, también fue diseñada por el poeta. En uno de los niveles nos esperaba Matilde. Su vistosidad, coronada con un rostro muy maquillado, de una sonrisa franca y blanca que contrastaba con su abundante cabello rojo, era como el adorno vivo de esa casa que más bien parecía una sala de exhibiciones de muestras mundiales. Desde la puerta de entrada hasta el último nivel en que se encontraba la recámara de Neruda era un museo de curiosidades; y en todas los niveles se podía oír y apreciar una cascada de agua que bajaba del cerro a un patio interior de la casa. Pablo apareció poco después saludando con una alegría que neutralizó el nerviosismo natural de un joven que conoce a un genio.
La conversación fue amena y durante gran parte de ella nos hizo preguntas sobre Panamá lo que nos facilitó nuestra participación. Le entregamos nuestro poemario el cual revisó corridamente y se detuvo brevemente en el poema titulado con su nombre. Solicitamos su firma en nuestra edición del Canto General, y nos complació añadiéndole una amable dedicatoria. "Dime poeta, ¿tú crees que me dejen entrar en Panamá?, nos preguntó- "Don Pablo, el pueblo panameño se sentiría orgulloso de su visita", respondimos - "Bueno, te preguntaba, porque cuando la persecución me mandaron a decir que no se me podía dejar entrar", nos aclaró. Neruda advirtió lo angustiado que nos había dejado la desconocida anécdota, y de inmediato nos comenzó a hablar de las hermosas conchas y corales de las playas panameñas, tema en el que era un experto. Les recomendó a mis amigos poetas que me llevaran a la Sociedad de Escritores Chilenos, era su Presidente en esos momentos, y poco después se me recibió en calidad de miembro. Tuvo también la gentileza de aprobar la publicación de un poema en la revista de la sociedad.
La segunda vez que estuve en su casa de Santiago fue cuando el poeta Enrique Lihn ganó un concurso de poesía, Efraín Barquero el tercer lugar y Jorge Tellier el cuarto. El segundo lugar lo ocupó la bellísima, de entonces, Raquel Señoret, quien había sido el último amor de Vicente Huidobro, cuando Raquel acababa de dejar la adolescencia.
Neruda había enviado un mensaje de que recibiera a un grupo para homenajear a los ganadores. Era tarde, cuando alguien advirtió que tenía rato de no ver a Pablo. Matilde confirmó que el poeta se había retirado a dormir.
Es posible que en una visita a Chile visitemos aquella casa. Aunque no estamos seguros, pues desconocemos cuan intensa pueda ser la impresión de encontrar una casa-museo, es decir, aquella casa sin Pablo Neruda.