Como padres muchas veces olvidamos que nuestros hijos son individuos que al igual que nosotros, necesitan su espacio y tienen el derecho a expresar su opinión y personalidad. Para ello se requiere de comunicación, y no hablo de los monólogos y sermones que odiábamos que nos dieran nuestros padres, sino de escuchar lo que ellos y ellas tienen que decirnos.
En su libro "Hablemos de niños", la doctora Doris González Torres, nos aconseja tener paciencia cuando de dos a cuatro años surge la curiosidad en los niños con los característicos "¿por qué?". Según la experta ellos pueden repetir la misma pregunta una y otra vez no para obtener una respuesta, sino para seguir hablando con nosotros.
"La reacción de los padres al estilo de comunicación de sus hijos es vital. Recuerda que tú eres el adulto", escribió. La Dra. González recomienda evitar los gritos, en su lugar debemos emplear un tono suave, colocarnos físicamente cerca de ellos, a su mismo nivel. Mírelo a los ojos, tóquelo y llámelo por su nombre. Pregunte qué le sucede. A la hora de amonestarlo sea firme, pero afectuoso.
Cuando los niños y niñas crecen son más callados, respete esta manera de comportarse, pero hágale saber en todo momento que cuando él o ella quiera hablar puede contar con usted.
La forma de comunicarse de un pequeño refleja su estado emocional. Cuando quiere comunicarse y no le prestan atención puede manifestarse de la siguiente manera: se torna exigente, interrumpe la conversación de los adultos, busca aprobación todo el tiempo, opina sobre todo constantemente, se queja mucho o se hace el gracioso.
La especialista también nos habla de niños que tienen la necesidad de comunicar rabia y poder. Ellos le llevan la contraria a todo y están siempre a la defensiva. Pueden usar malas palabras, romper juguetes propios o ajenos, rehusarse a hacer sus labores, argumentan todo el tiempo, gritan sin motivos, pelean y golpean a niños menores.
Ante este comportamiento tenemos que guardar la calma y enseñarle a canalizar sus sentimientos de ira y expresarlos. Si los confrontamos, podemos empeorar este comportamiento, porque nos retarán y disfrutarán sacarnos de nuestras casillas.
Entre los siete y doce años, los niños buscan la aprobación y atención de los adultos. Se interesan por adquirir sus destrezas, son grandes observadores. Suelen ser complacientes y comparten responsabilidades en el hogar, para estar más cerca del padre con quien estén más identificados. Cuando ese padre está ausente o la familia es numerosa, ellos pueden tener ese vínculo especial con un hermano o hermana mayor a quien le reconozca cualidades paterna o materna.
En la adolescencia, la comunicación con los padres se resiente, porque ellos o ellas quieren algo que sus padres no. Piensan que sus padres no los comprenden. Debemos hablar mucho con ellos y crear un sentido de amistad, sin perder la posición de padres.
Por lo general, señala la experta, les decimos a los muchachos lo que no deben hacer; escasas veces lo que les permitiremos que hagan.
Establezcamos la comunicación desde pequeños, si no lo hemos hecho, aún no es tarde. Aunque creamos que no quieran hablar con nosotros, ellos nos escuchan y meditan en lo que les decimos. Tengamos ese canal abierto y hagámosle saber siempre que les amamos y lo seguiremos haciendo sin importar lo que hagan.