Gran sabiduría, por cierto: Saber aceptar la v ida como es, como Dios la quiso para nosotros. Pero la aceptación, como todas las virtudes, requiere práctica, ejercicio, hábito. La aceptación es el sí constante a la voluntad del Padre, de la que Jesús es el gran modelo. Y es gran sabiduría, porque el Padre sabe siempre lo que es mejor para nosotros.
La vida tiene su ritmo, y no lo podemos alterar. Tiene su ritmo, como todo en el universo, como todas las cosas bellas de la naturaleza, como nuestro propio cuerpo. Y la armonía, que es paz y permite la continuidad, está en ese ritmo que el Creador dispuso y ordenó. Es prudente y sabio, y es feliz, aquel que acepta el hecho de que la vida es un proceso; quien se adapta a él y colabora con él, gratuitamente, sin querer alterar sus leyes.
Es feliz quien comprende que cada edad tiene su encanto, sus ventajas, y sabe sacar provecho de ellas. Es gran sabiduría ser aquello que somos, en el momento particular de la vida en que nos encontramos. De lo contrario estamos fuera de la verdad y falseando nuestra existencia: ¿qué provecho puede existir en eso?
La sabiduría de la aceptación nos llevará, en primer lugar, a aceptarnos a nosotros mismos, con las inevitables limitaciones que lleva consigo la larga vida: limitaciones físicas, que es innecesario señalar; limitaciones mentales, muchas veces; limitaciones de orden afectivo. Pero nunca, necesariamente, limitaciones de orden espiritual.
El contacto con el mundo que nos rodea puede llegar a ser más difícil por múltiples razones, pero los horizontes de nuestro mundo interior deben irse ensanchando infinitamente.
Un sabio religioso repetía siempre, a medida que los años lo iban despojando de energías físicas y de vigor para el trabajo: " Es el Señor retomando lo que es suyo. Si comprendiésemos bien que nada es nuestro, sino que todo es préstamo de Dios, nos costaría mucho menos devolverle lo que es suyo....
Los años nos dan la oportunidad de probar la sinceridad de nuestros compromisos. ¿Fueron, quizá, meras palabras?
Aceptando nuestras limitaciones, tal vez tengamos que aceptar el hecho de nuestra dependencia, bajo diversas formas; dependencia esa que nos puede ser muy costosa. Los preciosos bienes adquiridos de la humildad y de la sencillez nos ayudarán mucho a aceptar esa dependencia, si fuese el caso, con dignidad y sin amargura.
El hábito del autodominio, o mejor, la posesión de ese fruto del Divino Espíritu cultivado en nosotros a lo largo de la vida nos ayudará a practicar la regla de oro del silencio. Cuánto más fácil se hace la vida a todos si los más viejos se abstienen de constantes quejas, de lamentaciones, de incriminaciones, de manifestaciones de egoísmo, de implicaciones en problemas familiares, de una indebida protección de los menores y de tantas otras cosas, que son obra de una naturaleza, en la que no "sobreabundó la gracia" (Rm. 5,20).
La sabiduría de la aceptación nos llevará también a admitir con franqueza y bondad que ya hemos vivido mucho. Qué ridículos son en los hombres y en las mujeres, pero sobre todo en éstas, los subterfugios para ocultar la edad, esto es, para vivir fuera de la realidad. Llega a dar pena la falta de visión de tantas personas que sólo se engañan a sí mismas cuando piensan engañar a los demás. ºCómo desconocen la belleza real e insustituible de su edad!
Los ingleses dicen que la mujer tiene la edad que parece tener y el hombre la edad con que se siente. No estamos de acuerdo. Existe para todos una edad psicológica que nada tiene que ver con la edad biológica ni con las apariencias, pero que puede contribuir a afectarlas. No importan los años, la actitud psicológica de aceptación clara y optimista es siempre un factor de salud física y mental.
Esa actitud haría que muchas personas de edad se despreocuparan un poco de las obras y estructuras sociales. Es evidente que son cosas que siempre serán necesarias. Pero en muchos casos, no son medios de felicidad, sino apenas de relativo bienestar. Porque, como dijo La Rochefoucauld: "Quien no encuentra la felicidad en sí mismo, es inútil que la busque en otra parte". Preferimos llamarla serenidad. Y hay motivos de sobra para encontrarla en nosotros en cualquier edad.
La aceptación de la realidad que vivimos, de la época en que vivimos, que es siempre la nuestra, nos permitirá aceptar a los demás, sobre todo a los jóvenes, si no no con comprensión, sí al menos inteligentemente. En estas décadas de evolución vertiginosa, la comprensión y la aceptación no siempre son posibles, pero hay una especie de comprensión, que es la de la razón, que permite aceptar lo que es moralmente aceptable y resignarse a lo inaceptable e irremediable. Cabe aquí recordar aquella inspirada oración atribuida al General Hunt: "Señor, dadme resignación para aceptar lo que no puedo cambiar; valor para cambiar lo que puedo y debo cambiar, y sabiduría para distinguir entre ambas cosas".
Pero, más allá de esa aceptación, hay otra dimensión, otra actitud, mucho más elevada, que debe impregnar de verdadera felicidad la vida de las personas de edad. Es la alegría de la alabanza. ºQué importante es eso en toda nuestra vida! Es el agradecimiento por todos los beneficios recibidos a lo largo de la existencia, siempre. Gratitud por la propia vida. Por la redención; por las verdades eternas; por el amor infinito y jamás desmentido del Padre, en cada instante que pasa. Entonces, el "gracias Dios" banal y hueco, toma sentido. Toda la vida se convierte en alabanza.
Entonces, el niño que, en todas las edades, habita en nosotros se admira y llena de gozo cuando ve abrirse una flor, con la ternura de un nido, con el canto de un grillo, con la sinfonía de la lluvia y el viento, con el reflejo de las nubes en un pequeño charco de agua, y del cielo en los ojos del niño....
Los colores no pierden su brillo, los sonidos no pierden su melodía. Entonces, todo el mundo es un hallazgo permanente y la vigilia se torna luminosa como un aurora boreal. La alabanza a Dios, en cualquier edad, trae consigo una alegría constante en el Espíritu Santo: "Todos los días... para un corazón contento, son un perpetuo festín" (Prov. 15, 15).
(Fuente: Vivir la Tercera Edad en la Alegría del Espíritu/ Harold J. Rahm, S.J. y María J. R. Lamego.).