Los tiempos han cambiado. Es impensable que un producto como aquel cale dentro de una sociedad que cambia a velocidad de vértigo. La era de la comunicación, dominada por videojuegos e Internet, ha borrado de un plumazo la inocencia preadolescente, por lo tanto, no se puede repetir la fórmula.
Pero sí se puede copiar la estructura para facturar un producto infame, que enaltece la violencia de forma obscena. ‘En Rompiendo las reglas’ son las peleas callejeras (esas que son grabadas para exhibir más tarde por la red de redes) las que toman el relevo de las nobles artes marciales. La mala conciencia de las cabezas, ¿pensantes? de este proyecto se refleja en la creación de un personaje como el de Djimon Hounsou, un africano maestro luchador y pacifista (en lugar de un anciano japonés). También aflora esa mala conciencia en las tibias e inútiles justificaciones a los comportamientos violentos. Así como en un increíble feliz epílogo (el villano transformado).
Por mucho que se quiera disfrazar, es complicado obviar la apología que se hace de la violencia gratuita. Basta un detalle para ilustrar la desfachatez. La trama introduce el elemento del gran torneo, en el que protagonista y antagonista deben resolver sus diferencias. A pesar de ser ilegal, es una forma más “civilizada” de molerse a palos (valga la contradicción). Sin embargo, los dos abandonan dicho torneo, y su enfrentamiento se produce en la calle, sin ninguna norma.
Pero con todo, lo que más indigna es la vergonzosa estilización con la que Jeff Wadlow filma todas las secuencias violentas, las cuales convierte en una atractiva práctica de extrema brutalidad. Ese aspecto, por sí solo, descalifica a un trabajo que hasta se permite el lujo de mencionar a Ulises como referente (luchar para no tener que volver a hacerlo).