Jenny R. de Alemán, cuando niña, vivía en una finca atravesaba por un arroyuelo.
La pequeña pasaba horas y horas acostada o sentada sobre una gran roca, de las que había varias, viendo cómo el agua danzaba entre las piedras y a su paso cantaba.
Cuando no escuchaba y miraba al río, en su concierto y danza cotidiana, había que buscarla en una hamaca de hojas verdes o verde amarilla, según la estación, en uno de esos grandes árboles que se mecían con el viento y ella se abrazaba a sus ramas para columpiarse de esa manera tan especial.
La hojarasca, el viento, las nubes, los pajarillos, la naturaleza toda era fiesta para sus ojos infantiles, ansiosos de atraparlo y gozarlo todo.
Lo hizo. Almacenó en el archivo de su memoria esas vivencias tan hermosas, que la marcaron y la hicieron caer presa del embrujo de la naturaleza y cuando decidió que quería compartirlas con otros, se hizo artista del color.
Esta pintora puertorriqueña, que al jubilarse eligió Panamá para establecerse, es impresionista y sabe capturar con su espátula, que es su favorita, el movimiento del río.
También en su exposición “Las texturas del alma” hay un cuadro en el que plasma la Iglesia de Loeches, pueblito de España, nación donde vivió 18 años, que la cautivó.
Jenny nos dice que en su familia ella no es la única pintora. Una tía y un sobrino también tienen sangre de artistas.
Aparte de pintar, le gusta cocinar. Su madre fue su maestra en esta faena que aprendió bien, pues prepara platillos de distintas partes del mundo.
Además, disfruta de la música romántica, la lectura y escribe algo de poesía. Es madre de dos hijos, René y Francisco Javier, de 34 y 28 años, respectivamente.