Pasemos ahora a los artistas que el pasado año nos definieron una obra, arquetípicamente inquieta y sugestiva, a ratos por lo inesperada y a ratos también definidas por continuar un recorrido que ya observábamos en los mismos. La aclaración, para aquellos que siempre leen a pie puntillas, es que éstas ocho que agrupamos en la categoría, no fueron las únicas y sí aquellas más relevantes dentro de estos parámetros. Un botón al respecto y dicho sea de paso significativo fueron sin duda alguna los trabajos de Dalila Mirones (1952), óleos poseedores de una visión candorosa, de una ingenuidad en la ejecución , de una tersura en manejo del color, como en contadas oportunidades hemos apreciado en nuestro medio.
Entremos en materia con Braulio Matos (1968). Los primeros trabajos, que le conocemos, datan de los últimos años de la década de los años 80 en la Galería del Departamento de Expresiones Artísticas de la Universidad de Panamá (DEXA). En este punto es más que obligante un señalamiento que frecuentemente pasamos por alto: el espacio creado en los primeros años de los 70 a un costado del Paraninfo Universitario bajo la dirección de Aúrea Torrijos Herrera, y regentado en esa época por Luis Aguilar Ponce retoma con su nombre la importante labor seminal que tuvo en esos años como sitio de exposición y de eventos y encuentros competitivos que agrupaban a los artistas que en esos años se iniciaban en el oficio: entre otros y otras Etanislao Arias, Guillermo Meza, Brooke Alfaro, Linda Maquívar, Olga Sinclair, Gilberto Muñoz Carranzas, Hugo Bilbao, Eduardo Pérez, entre otros nombres. "Mujer, Sueño y Sensibilidad", nombre de su primera individual en una galería comercial en el medio, se cubre a diez años de su primera individual en el DEXA.
Atmósferas de raigambres surrealistas, a ratos profusas y excesivas en su composición y a ratos alucinantemente ejecutadas, fueron la característica distintiva en estos óleos suyos. Es precisamente esta desmesura de la que nos hace ver sus trabajos por encima del denominador común de ser una muestra individual de un artista novel. Si uno se remite a 1990 (Galería DEXA) visualiza mejor esa labor de limpieza en la composición en esos años desgarbada y redundante . Matos aún necesitaría continuar en el intento al tiempo que ponerle más atención, como contrapunto que son, a sus trasfondos todavía desconsiderados. Aún considerando estos desaciertos, el suyo es un concepto visual que tiene la fuerza para sustentarse de manera independiente, misma que nos haría entenderlo, junto con Osvaldo Herrera Graham, posiblemente como los dos creadores más inquietantes surgidos en estas últimas décadas en La Chorrera.
En otro contexto, de la posible sección que les ofrece Jack Fallenbaum (1953) tendrían que servirse otros artistas locales, quienes dentro de la misma atmósfera y planteamientos suyos parecieran , siempre quedar a medio camino entre el intento y el logro. Estas "Obras Recientes", 1998 muestran un dibujo en función del concepto visual y no lo contrario (lo que por ejemplo en la muestra de Gabriel Chávez Flores, en el mismo espacio de Arte, es sintomático). Al tiempo una evidente y lograda actitud de solazamiento sin necesariamente insistir en complacencias intrascendentes (lo que por ejemplo en Spiros Vamvas sale a relucir cada vez que se acerca a estas atmósferas homoeróticas). Si uno evoca los trabajos previos de Fallenbaum, igualmente expuestos en Museum, detecta esa actitud de inmersión más en el lienzo que en la propia, digámoslo así, capacidad analítica del artista.
De allí que esas "multitudes" a que alude en varias de sus obras y que recrea en ellas, si bien es cierto enmascararían individualidades, pueden tambien y deben asumirse como metáforas en torno a una condición. No son solamente de juegos escénicos o de escenarios preparados de manera intencional. Más se aproximan a detenciones en el tiempo, de momentos, de expresiones, de gestos, que Fallenbaum captura segundos antes de que se desvanezcan y dejen de ser y de tener sentido para quienes parecieran solazarse con ellos.
Otra cara de la misma moneda, posiblemente dentro de una reflexión artística similar o a lo sumo semajante, es la que ofreciera Carlos Rodaniche (1966) en "Mateo Sariel, Galería. A diferencias de Fallenbaum ésta más dirigida al intelecto del observador que a los sentidos del observador y con un matiz más de ocultamiento que de develación. Este encubrimiento visual sin embargo no desmerita los valores de lienzos en los cuales la forma pareciera buscar una vía de escape. De allí la cantidad de sugerencias a que conlleva. Sus acrílicos asemejan trampas en las cuales ésta, la forma, pareciera debatirse. Y si bien la reflexión, concepción visual, arraiga en lo intelectual que no en lo táctil, aún así la suya es inquietante y altamente sugestiva.
Las piezas, esculturas para no pocos y artefactos para otros más, de Emily Zhukov (1961) , englobadas en el señalamiento de "Díme dónde te duele" (ArteConsult), reunieron dos antípodas que el propio observador tendría que unir. De un lado la poca efectividad, dureza si bien se quiere, de elementos metálicos en su gran mayoría, que podríamos considerar como poco dúctiles y nobles y del otro el contexto de delicadeza y de sugerencia dentro de la cual estos elementos son ubicados en estos trabajos por la artista estadounidense radicada en Panamá. En este nivel la orientación nos lleva a entender y a identificar que lo que suponemos fuera de uso tiene también una propia y singular poética y una propia expresión, mediándose en el intento la mano del artista y su sensibilidad y su nuevo sentido de orientación a los sentidos de quienes las observan. Un tanto como si nos acostumbrásemos a la idea de que las cosas, el mundo exterior, son lo que nosotros mismos como sus observadores, vemos y queremos de ellas mismas. De allí la reacción en cadena que deriva uno de pieza de aceros, de aluminio, de hierro, fundidos por Zhukov, reciclados por ella, ahora en conceptos que surgirían, extrañamente, de la propia inmutabilidad de estos elementos. De allí la dureza a la que hacíamos alusión.
Sería difícil así de golpe encontrar un sinónimo para enmarcar la pureza del trabajo de Silfrido Ibarra (1954) en "Legacy Fine Art". Sobre todo si partimos de la vuelta de hoja que cubrió el artista chiricano en relación con sus trabajos anteriores. El sentido claustrofóbico de aquellos óleos suyos de hace años da paso ahora a espacios abiertos ilimitados si bien como los anteriores, altamente sugestivos.
El abigarramiento da paso a la soltura de la forma. Misma que pareciera deleitarse ahora en la precisión de sitios, posiblemente identificables para el artista mucho más de lo que lo serían para nosotros, observadores de su obra, podríamos asumir. Los cielos abiertos participan de esa epífanía y hay como un regocijo, de allí la pureza a la que hacíamos mención en su caso.