Los supervivientes de un atentado terrorista nunca vuelven a ser los mismos. Sus heridas psicológicas no cicatrizan. El miedo permanece mucho después de la bomba o el disparo asesino. Algunos desarrollan impulsos autodestructivos; otros se resienten con la sociedad. Su estructura familiar se convulsiona y suele alterarse dramáticamente.
Estas son algunas de las afirmaciones del psiquiatra español Raúl Nehama Masri, uno de los expertos con mayor prestigio y experiencia sobre la secuelas de la violencia política y autor de varios estudios sobre este tema.
EL ORGANISMO SE PREPARA PARA LUCHAR O ESCAPAR
Para Raúl Nehama Masri, el terrorismo causa dos tipos básicos de secuelas psicológicas: las que sufre la víctima y las que padecen sus familiares, cuya amplitud y gravedad varían según el tipo de atentado, la violencia del choque emocional inicial, los daños físicos sufridos y la reacción social.
Nehama Nasri, señala que durante el atentado las víctimas tienen las dos reacciones involuntarias, reflejas y automáticas de todo ser humano ante las situaciones peligro extremo, amenaza vital o impacto emocional: sobrecogimiento y sobresalto.
Primero la persona permanece en un estado de inmovilidad, estupor o de agarrotamiento hasta la paralización (queda "congelada" incapaz de moverse), durante segundos o minutos. Puede sentir que lo que sucede es irreal, desmayarse, o mantenerse lúcido, pero aterrorizado e impotente.
Enseguida entra en una tempestad de movimientos, con una descarga masiva de hormonas y neurotrasmisores en la sangre y el sistema nervioso central. El organismo se prepara para luchar o escapar. La persona puede sufrir estados de conciencia alterada o sentir que no controla sus impulsos o movimientos.
Horas después siente un enturbiamiento de la conciencia. Sus primeros pensamientos suelen ser de extrañeza, incredulidad o sin sentido. A medida que se aclara su mente se alternan sentimientos de dolor, indignación, rabia, impotencia, culpa y venganza, con la aflicción, el abatimiento y las ideas de muerte y suicidio.
La memoria comienza a despertar e irrumpen escenas del atentado, que suscitan una intensa alteración emocional, ataques de angustia y pesadillas recurrentes. La persona permanece anestesiada por una malla de mecanismos defensivos mentales que la aíslan de la vivencia dolorosa, pero que se van disipando.
UN PROCESO QUE PUEDE DURAR AÑOS
Según Masri, en algunos casos se producen lagunas de amnesia total (no se recuerda nada del episodio) o parcial (se mantienen recuerdos borrosos o fragmentarios), más o menos duraderas.
Estas reacciones, que se producen con el choque de los primeros momentos y en las primeras 72 horas de un atentado, son solo el comienzo de un proceso que puede durar años.
Si la víctima ha sufrido la amputación de algún miembro puede experimentar un duelo por la parte perdida, desarrollando una patología depresiva. Superado el impacto inicial, puede sufrir a largo plazo una patología neurótica del miedo, caracterizada por situaciones fóbicas, un estado de permanente ansiedad y trastornos obsesivos.
El susto y el temor permanecen en el tiempo. Algunos de los que han sufrido un atentado con un coche-bomba jamás vuelven a subir a un automotor, y otros que han sido atacados en la calle, miran continuamente a izquierda y derecha, mientras caminan.
Si la personalidad de la víctima es bastante sana, las secuelas se pueden eliminar mediante una psicoterapia de apoyo, pero si el trauma del atentado se combina con trastornos mentales previos la solución puede requerir ayuda terapéutica profunda.
Para el psiquiatra la sociedad rara vez comprende a las víctimas de los atentados y las olvida cuando dejan de aparecer en la prensa, mientras que el Estado no le brinda la suficiente ayuda o atención.
Así, la víctima suele olvidarse del terrorista, que lo agredió, y pasa a luchar contra la gente y las autoridades, que prolongan la agresión con su olvido e indiferencia, explica.
El abanico de secuelas psicológicas en los familiares de las víctimas también es amplio, según Masri. " Si el daño físico de la víctima es reparable los problemas suelen remitir al tiempo, aunque queda una sensación de recelo y de vulnerabilidad. Pero si el atentado causa la invalidez de la persona, y sus parientes se ven obligados a atenderlo como a un niño, se puede producir una dramática convulsión de la estructura familiar, en la que el padre o madre pasa a ser hijo."
"Ante una muerte, según agrega el especialista, la familia cumple el duelo, que primero causa sentimientos de rabia, rebeldía y no aceptación de la pérdida y después genera estados depresivos y una aceptación progresiva de la realidad. Finalmente la herida psicológica "cicatriza" y se acepta la pérdida."
"Aunque a veces, algún pariente no resuelve esta situación y puede pasar el resto de su vida oscilando entre el odio, la incomprensión y una patología neurótica", señala también Masri.
Las secuelas psicológicas del terrorismo están incluidas dentro de lo que la psiquiatría estadounidense ha denominado "síndrome del estrés postraumático", que describe los trastornos causados por actos violentos, tanto humanos, como una guerra, como los causados por catástrofes naturales.
Aunque en el caso del atentado terrorista existe un factor adicional: la existencia de un autor que causa el daño, lo que impulsa a la víctima a sentir odio, ira y cólera hacia el agresor desconocido que lo ha hecho sufrir.
A veces la agresión sufrida, que no se puede devolver, genera un impulso agresivo que la víctima vuelve contra sí misma (a través de trastornos somáticos de destrucción orgánica como las enfermedades digestivas o cardiopatías) o contra la sociedad, con sentimientos de odio, resentimiento y rebeldía.
El perfil psicológico del terrorista suele ser el de una personalidad psicopática, un fanático frío e inafectivo, con una gran incapacidad para tener sentimientos humanos y cálidos. El agresor pone su eros o impulso vital en una única causa la cual justifica todo y deja de lado los otros aspectos de su vida.